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Animals

Enviado por Anonimo en 30 Abr, 2006 - 08:50
Las confesiones de la vida de un hombre aficionado a la zoofilia que desmienten el contenido de muchas historias de esas que leemos diariamente.

Una gran mayoría de las historietas que he leído en este género me han parecido más producto de la fantasía que de la realidad aunque ciertamente acaban siendo siempre lecturas agradables por el simple hecho de hacer disfrutar al lector.

Esa es, digo yo, la parte buena de los relatos, no cabe duda. Pero a diferencia de todos esos cuentos inventados por tantos autores, quiero decir que éste que os contaré a continuación no es ficción sino verdad.

Solo pido paciencia a quienes lleguen a leerme, pues los hechos que voy a relatar no se dieron en forma tan rápida ni tampoco tan tácita como todo el mundo cree o como tantos lo cuentan. Se dicen hoy tantas mentiras en el contexto de la zoofilia que a final de cuentas no pasan de ser simples relatos ficciosos.

En mi caso, por el contrario, se trató de un proceso de aprendizaje muy largo y en ocasiones hasta tedioso que algunas veces me frustró y otras ciertamente me gratificó. Pero preferiría que fuese el lector quien juzgue lo que escribo.

Pido perdones anticipados porque hubiera preferido abrir mi historia sin hacer uso de la desgastada cantaleta con que suelen iniciar la mayoría de los relatos eróticos, pero no creo haberlo logrado. En fin. He aquí la historia:

Para empezar debo decir que desde pequeño fui un chico curioso y precoz para las cosas sexuales y por lo mismo me gusto siempre observar con ojo clínico los sucesos a mi alrededor.

Por lo afilado de mis sentidos descubrí poco a poco los intrincados secretos del sexo y avancé rápido en las cuestiones relacionadas con el deseo y la pasión que la gente mayor siempre esconde.

Fisgoneando atrevidamente espié a mis padres y los vi coger varias veces llenándome de una insana pasión que comencé a experimentar lógicamente mucho antes que otros.

Lo mismo sucedió con las espiadas constantes a mis hermanas cuando se bañaban o iban al toilet, llevándome irremediablemente al descubrimiento de las primeras erecciones y goteos que me embriagaban de delirio. Obvio es decir que muy pronto el inmenso placer de las primeras manipulaciones me subyugó tan fuertemente que disfrutaba de varias masturbadas al día y me solazaba en las interminables caricias apretando furiosamente mi falo y sometiéndolo a frenéticas sesiones manuales que me hacían sentir las más poderosas eyaculaciones que a diario me apabullaban.

Esas puñetas, por lo general, siempre las hacía pensando en los desnudos perfiles sinuosos de mis hermanas mayores o de una que otra vecina que había espiado en mis correrías.

Confieso que en aquellos tiempos de mi preadolescencia el voyerismo ocupaba el primer lugar entre mis distracciones sexuales favoritas y una gran parte de mi tiempo nocturno lo dedicaba a esas candentes prácticas ocultas. Y es que a diario, mientras todos dormían, yo me escapaba sigilosamente de mi dormitorio para salir como un vampiro a la caza furtiva de imágenes, internándome por los traspatios bajo la oscuridad de las sombras.

Y entonces allí donde vivía alguna chica; allí donde habitaba un buen culo, hacía mi nido y me escondía como un ladrón hasta lograr las mejores y más calientes visiones que calmaban mis ansias voyeristas y exaltaban mi libido. Por demás está hablar de los sensacionales derrames de leche que me provocaban.

Las constantes sesiones de autodisfrute sexual y la desbordada pasión que experimentaba en esos actos furtivos me llevaron poco a poco a la búsqueda de mejores cosas y aún cuando me atormentaban ciertos sentimientos de culpa, siempre guardé todo eso como algo secreto, como cosas que había que esconder y no decirlas nunca a nadie.

Es probable, no estoy seguro, que si me hubiera atrevido a revelar a mis padres lo que hacía o tal vez a alguien más, no me habrían marcado tan profundo y para siempre. Pero el "hubiera" no existe.

De ninguna manera está en mis planes hacer aquí una historia de mi larga y tormentosa vida sexual pues seria un cuento demasiado largo y cansado para todos. Lo que sí deseo tocar y lo digo abiertamente es un tema que hasta hoy muchos intentan relatar usando casi siempre un fondo fantasioso; mas yo puedo distinguir tras la tramoya el invento, la imaginación desbordada y hasta el engaño.

La cosa es simple: No pueden contar hechos reales porque jamás los vivieron. Me refiero por supuesto al tema de las relaciones sexuales entre un hombre y un animal.

Antes que nada quiero decir que después de tantos años yo he clasificado para mi uso las relaciones zoofílicas en dos grandes rubros: En primer lugar están los grandes mamíferos, los animales mayores, que poseen masas corporales inmensas, penes enormes, tienen pesos muy superiores al nuestro y su aprendizaje o grado de participación en cuestiones sexuales es muy difícil de lograr. Por el por otro lado están los animales menores, que por sus características físicas no son poseedores de grandiosos atributos sexuales ni tampoco son tan grandes como nosotros ni de tanto peso. Éstos últimos, dado su tamaño, han podido convivir muy de cerca con la raza humana a través del tiempo y por tanto, siempre se han encontrado más cerca del hombre para ser enseñados, para ser domesticados, y hasta para ser partícipes de nuestras ocultas pasiones.

Por esto mismo no creo que los humanos puedan lograr tener contactos sexuales gratificantes con los grandes animales, pues de suyo es una cosa francamente imposible. Y por otra parte si lo que uno está buscando es el placer, sinceramente no creo que alguien lo pueda conseguir en tal contexto. No hablo, claro está, de los deseos fantasiosos de las personas por tener algún tipo de contacto así. Yo mismo puedo decir que lo he deseado no solo una, sino muchas veces. Lo que quiero decir es que en la praxis algunas cosas son imposibles. Intentaré explicarme mejor para que no se mal interprete lo que digo.

Fantasías sexuales típicas de gente cohabitando, por ejemplo, con caballos, burros, gorilas, monos, cebras, hipopótamos y otra sarta de géneros del gran reino animal, provengan tanto de mujeres como de hombres son, eso sí, pensamientos deseables. Yo mismo, incluso, los he tenido a raudales, he fantaseado con ellos y también he soñado con ellos. Pero nunca deja de ser fantasía pura. Y no niego que no me gustaría probar. De hecho hasta podría escribir uno que otro cuentillo con esas mentirillas como tema de fondo.

Pero contactos carnales reales de tipo sexual con esa clase de bestias mayores me parece cosa difícil de realizar. Puedo, eso sí, considerar plausibles, con todas las precauciones del caso, algunos contactos manuales, como podrían ser cierto tipo de tocamientos, algunas masturbaciones sobre algún exuberante y fenomenal pene y cosas por el estilo, pero nunca el coito, tal como éste se define.

No, a menos que alguien quiera pasarse la vida arriesgándose a ser pisoteado, aplastado, lastimado, traspasado, desfondado, herido, o en el mejor de los casos sobreviviendo el resto de sus días con algún tipo de impedimento físico. Eso sin tomar en cuenta la parte ergonómica. ¡Cuán difícil e impráctico resultaría, además de frustrante, el poder ayuntarse con semejantes bestias!

Pero lo que sí me parece posible y yo diría que hasta práctico es poder utilizar animales del orden menor, preferentemente dóciles y domesticados que ya convivan con uno y que con paciencia, empeño y dedicación se les pueda inducir a la experimentación de alguna de estas pasiones. Siempre he pensado que dos de las mayores virtudes para lograrlo, a mi juicio, es la capacidad para generar paciencia por un lado, y por el otro la comprensión que uno esté dispuesto a demostrar. Y es justo en ese tema donde voy a centrar mi historia.

Todo comenzó cuando viniendo cierto día de la escuela me encontré con dos perros cogiendo al aire libre. <Nada del otro mundo>, pensé en aquel momento. Alrededor del par de amantes se hallaban varios canes que habían sido feroces prospectos para la hembra pero que a la postre habían sido desplazados por el poderoso macho que ahora la montaba. Los perrunos mirones se conformaban con solo mirar con ansias contenidas a la pareja que cogía mientras el macho culeador, emulando el arco más grande de Robin Hood, se balanceaba rítmicamente detrás de la grupa de la hembra en ágil e incesante zangoloteo y en uniforme mete y saca.

Chasquidos, chasquidos y más chasquidos era lo que se oía en la silenciosa tarde de otoño. Y gemidos también. El camino por donde yo tenía que atravesar era terroso y apartado y lleno de hojas secas por la estación y alrededor sólo había altos pastizales y colosales árboles de frondosidad amarillenta. Algunas gentes de cuando en cuando solían caminar por allí; por ello volteé hacia todas partes para asegurarme de que no era visto. Satisfecho de hallarme solo, me acerqué lo más que pude a la pareja y me agaché para mirar de cerca el ardiente ayuntamiento.

El macho era un negro y soberbio perro callejero con el cuerpo lleno de viejas cicatrices, producto de las grandes peleas precopulatorias con otros de su género a los que había tenido que enfrentar para ganar los favores de las hembras en turno. Con el cuerpo doblado sujetaba fuertemente a la perrita por la parte baja de sus patas traseras, impidiendo que ésta pudiera soltarse del tremendo abrazo.

El negro can de grandes cicatrices bombeaba y bombeaba sin parar con su rojizo estilete la vulva abierta de la pasiva hembrita, mientras ésta se ocupaba solamente en mantener los ojos semi cerrados recibiendo los placenteros ataques del ariete endurecido. La verga del perro se hundía implacable en el apretado conducto posterior produciendo muchos chasquidos al entrar y al salir con velocidad y sincronía pasmosas. Un líquido lechoso y blanquecino escurría de la abertura de la hembra, ayudando a hacer más placentera y fácil la copulación.

Por alguna extraña razón mi pene comenzó a ponerse duro y mi respiración se aceleró como por arte de magia. Los hoyos de mi nariz se dilataron y comencé a resoplar con ansias percibiendo claramente los olores que despedían los cuerpos trenzados de los dos perros, que sudorosos, seguían extasiados disfrutando del festín sexual. Me di cuenta que algunos de los canes espectadores se fueron retirando poco a poco y de pronto me hallé admirando yo solo el espectáculo en medio del apartado camino.

La perrita era, por así decir, de una de esas razas de las pequeñas, que no pueden crecer tanto, y por lo mismo sufría los violentos y fieros embates del macho, eso sí, con una valentía a toda prueba. Podría decirse que el perro la tenía como amarrada por los costados con sus formidables patas y la atraía con fuerza sobre sí repegándola una y otra vez hacia su propio vientre, arremetiendo sin misericordia su conducto trasero. Pienso que por eso mismo y obviamente también por la brama de la penetración, la perrita lanzaba quejidos lastimeros y yo diría que hasta placenteros ante la salvaje aplicación culeatoria de su can amante.

Sin apartar ni un momento mis ojos del grandioso espectáculo puse mis manos en mi entrepierna y apreté con fuerza mi endurecido pájaro, que ya formaba la típica carpa de circo bajo la tela. Decidido a disfrutar del momento lancé mi mochila a un lado y me di a frotar mi polla por encima deslizando mi mano con pasión a lo largo del tallo, mientras observaba atentamente el caliente y trepidante ayuntamiento.

Si alguien me preguntara cuánto demoran los perros cuando cogen no podría responder a cabalidad. Lo que sí puedo decir es que normalmente demoran, demoran y demoran; y demoran bastante. Y aquí está la primera mentira de algunos los autores. En eso mienten los que han escrito sobre sexo canino ultra rápido y con servicio express a domicilio.

Claro que hay excepciones como en todo. Alguna vez llegué a conocer uno que otro macho que acababa casi en seguida. Lo comprobé en mi larga carrera como observador de coitos caninos. Pero de eso no hablaré por ahora. La cosa es que por fortuna este par que tenía frente a mí eran de los que demoraban, y todo mundo conoce la ecuación: El tiempo que un coito demora equivale al cuadrado del placer que se disfruta.

Y si a eso agregamos el gran tamaño del macho que la pequeña perrita tenía encima pues ya podrán imaginar el tremendo esfuerzo que le significaba poder sostenerse tanto tiempo en posición de firmes. De hecho las cuatro patas le flaqueaban con frecuencia, en especial las traseras. Se le doblaban de pronto como mantequilla e iba a dar con su vientre al suelo. Entonces el macho, en una inteligentísima demostración de sapiencia y poder, por así decir, y sin sacar su parada verga de la oquedad de ella la levantaba presto como si de una pluma de grúa se tratase, dejándola prácticamente sobre el aire empalada y atravesada con su estilete venoso, violáceo y ferozmente voraz.

En efecto, a medida que transcurría el tiempo, el pito del negro perro adquiría ese tono amoratado y oscuro tan característico en los de su raza, estimulado sin duda por los salvajes y violentos hundimientos en el apretadísimo hoyito de su amante. Y lógicamente su herramienta se endurecía más y más a causa de la tremenda brama que le producía el intenso bombeo, provocando que se babeara abundantemente sobre el suave lomo de la perrita.

Para entonces mi verga ya no estaba oculta sino que era ahora un palo de carne firme mirando a las nubes y moviéndose vertiginosamente al ritmo de mis manos, que implacables, se deslizaban con fuerza alrededor del tallo. La excitación que sentía era tremenda, incomparable y única.

Francamente debo admitir que esa vez no pude aguantar tanto la venida y mucho antes de que el festín canino acabara ya estaba escupiendo sucesivos e intensos chorros de leche que se iban a perder en el tupido césped. Sentía cómo mis huevos palpitaban por el violento drenaje seminal y mi culo se estremecía una y otra vez bajo el influjo de los espasmos.

Sin guardarme la polla seguí atento al cuadro canino al tiempo que cortaba algunas hojas de las ramas cercanas para limpiarme la leche de las manos. El salvaje y embramado macho seguía aferrado a la pequeña grupa de la pobre hembrita que no paraba de gemir ante los brutales empujones de la larga verga de su cogedor. De vez en vez las patas se le volvían a doblar y de nueva cuenta el negro azabache volvía a levantarla en vilo con la pura fuerza de su vigoroso pene sin dejar de arremeterla un sólo instante. ¡Increíble!

Habiendo pasado larguísimo tiempo horadando la apretada gruta de la perrita, por fin el macho comenzó a gemir calladamente mientras los ojos se le cruzaban e intensificaba la violencia de sus frenéticos empujones. Mi polla, endurecido por enésima ocasión, era manipulada con golosidad en tanto atendía con mirada grosera el frenético ayuntamiento perruno.

Los aullidos entrecortados de la pareja me confirmaron lo que ya sospechaba: El grueso y descomunal alvéolo hacía su entrada triunfal dentro de la tierna vulva de la hembra y se perdía lenta y brutalmente en los intrincados laberintos de su cavidad. Inesperadamente y como por arte de magia el macho detuvo sus embates. De pronto los ojos de la hembra se abrieron desmesuradamente acusando el intenso y doloroso impacto que le causaba la intrusión de aquella tremenda bola de carne perdida en su interior. Sus gemidos eran en verdad tan lastimosos que por un momento temí lo peor. ¡Vaya cogida tan tremenda!, -pensé aterrado, pero ardiendo en brama al darme cuenta de lo terrible que la estaba pasando la pequeña perrilla-.

Pero lo más cruel vino después. Vi cuando el gran macho pasó rápidamente una de sus patas por encima de la grupa de la hembrita para voltearse de pronto y quedar culo con culo. Ahora los gemidos de la perrita se transformaron en francos aullidos de dolor al sentir los infames jaloneos que efectuaba su negro culeador. Tal vez por ser parte de su fisiología o tal vez por cumplir con algún antropológico ritual de sexual dominio, el macho comenzó a arrastrar a la hembra por el suelo mientras ésta se esforzaba inútilmente por llevarle el paso sin conseguirlo.

De pronto el espectáculo antes caliente se transformó de pronto en una despreciable demostración de circo y salvajismo animal. El macho, poderoso y fuerte como era, materialmente arrastraba por el prado a la abotonada hembra, que cada vez se hacía mas daño sobre todo al intentar ponerse de pie. El espectáculo me condolió profundamente, sobre todo al advertir que la pequeña perrita no podría tenerse en pie ante semejantes jaloneos. ¡Cuán doloroso debió haber sido para aquel animalito el obligado coito a que estuvo sujeta por naturaleza propia!

Habiéndome venido varias veces y sintiéndome satisfecho por lo acontecido me guardé la verga y decidí seguir de cerca las peripecias potsculeatorias de la singular pareja tan dispareja a través de la inmensidad de los cañaverales. Sin dejar de avanzar me acercaba para observar cuidadosamente el tremendo nudo en que se hallaban abotonados y en especial el estado que mostraba la tétrica bola de carne que había anudado la brevísima vulva de la linda perrita color marrón. ¡Tanto que me había simpatizado aquel animalito tan lindo!

Calculo que debió pasar al menos otra interminable hora, insoportable sobre todo para la perrita, hasta que al fin, después de una serie de intensos estertores de dolor y de haber avanzado como medio kilómetro entre arrastres y jaloneos, el macho logró zafar el alvéolo de la tremenda presión que ejercía la enrojecida y maltrecha caverna de su receptora. Entonces sí la linda perrita, viéndose liberada al fin, sólo tuvo patas para correr velozmente en dirección opuesta a su amante. Claro que la vi caer varias veces en su pavorosa huída a causa de la patente debilidad de sus patas.

Viendo que metros más allá se había tendido cuan larga era sobre la hierba no quise atenderla por el momento, sino que preferí observar al macho que se encontraba de pie muy cerca de mí con el cuerpo doblado, lamiéndose sin parar su zona genital. Quería ver como había quedado pito recién sacado; ver cómo se mostraba el tremendo ariete después de la batalla, y sobre todo, admirar minuciosamente su inmensa y colgante pelota de carne violácea, de rojizos tonos, que seguía mostrándose impúdica ante mis ojos.

Al verme caminar hacia él me lanzó un leve gruñido pero yo pronuncié algunas palabras para tranquilizarlo. A poco ya estaba en cuclillas junto a él observando con atención su zona de guerra. Lo que vi me dejó perplejo. Era su verga una punta de carne durísima, roja y venosa, que debía medir más o menos unos 18 centímetros o más. El grosor de la larga paleta no era tanto pero sí el diámetro de su grueso alvéolo, a pesar de que éste se hallaba ya en pleno proceso deflactario. El nudo sí que era tremendamente grueso. No pude menos que calcular que en la parte más ancha y más amplia debía tener por lo menos unas 4 o 5 pulgadas. Era inmenso.

Después de la minuciosa inspección pude comprender cabalmente el enorme daño que debió provocar en la pequeñísima vulva de la perrita de sus amores. Volví la vista y la vi tendida en el mismo sitio lengüeteándose con lentitud su trasero y con la mirada perdida, sin voltear para nada hacia el macho. Ambos ahora como dos perfectos desconocidos. ¡Increíble! Caminé hacia ella para auscultar su zona de desastre esperándome lo peor.

Sí había sangre lógicamente. El rojo líquido le escurría por las comisuras de los diminutos labios de su rota vulva mezclado con abundantes flujos blancuzcos. Pero aparentemente su estropeada grutita, antes palpitante y enormemente abierta, comenzaba a cerrarse lentamente. Comprendí que era normal lo que sucedía y en un acto de solidaridad con ella me puse a secarle suavemente su parte trasera con mi pañuelo.

Por un rato me mantuve junto a ella sentado sobre el piso acariciando con mis manos su lomo. Luego de hacerle algunos cariñitos de despedida cogí mi mochila y me alejé de allí. Más adelante vi que el macho me rebasó trotando con soltura y pronto se perdió entre los matorrales. Fugazmente había echado una ojeada a su entrepierna dándome cuenta que su pene se había ocultado ya en la felposa funda. Pero de la hembrita ni sus luces.

Casi estoy seguro y lo confieso abiertamente que fue aquella vez cuando se sembró en mi mente el oscuro y oculto deseo por tener algún contacto con un animal de esos.

Pasaron los días y seguí con mis nocturnas prácticas de voyeurismo. No obstante y con inusitada frecuencia volvían a mi mente los frenéticos y candentes recuerdos del pasado encuentro canino. Y cuando recreaba las imágenes de los perros ensartados y la forma tan voluptuosa en que cogían, el pito se me ponía durísimo y tenía que buscar un lugar apartado para poder sacármelo y masturbarme con violento frenesí. Pareciera que tuviese que pagar un tributo de placer o alguna ofrenda a la lujuria por aquella prohibitiva visión que tanto me había calentado.

No transcurrirían ni dos meses de aquel primer suceso cuando ocurrió una cosa totalmente inesperada. Cierto día, regresando a casa luego de salir de la escuela, distinguí a lo lejos una pequeña y frágil figura animal que venía a encontrarse conmigo. Al principio no me extrañó pues es común en cualquier parte cruzarse con perros callejeros. Sin embargo mi sorpresa no tuvo límites al ver que se trataba de la pequeña y linda perrita de pelaje marrón que el negro garañón de las cicatrices había dejado en tan malas condiciones.

Me detuve intrigado de verla como indagando con mis ojos su estado físico. Ella, por su parte, se me acercó y comenzó a mover la colita haciendo rodeos amistosos alrededor de mí. Fue cuando aproveché para echarle un vistazo a su trasero descubriendo que su vulva no mostraba el menor daño. Incluso podría decir que se le veía bastante bien, como si nada hubiese pasado. La hembrita comenzó a deslizarse y a repegarse sobre mis piernas, como deseando agradecerme las muestras de afecto que le manifestara en la ulterior ocasión, cuando su amante la había traqueteado sin misericordia.

Yo la dejé actuar con libertad en tanto bajaba mi mochila al suelo y me sentaba sobre el piso para juguetear con ella. El animalito se recostó junto a mí y comenzó a lamerme con suavidad las piernas por encima de la tela emitiendo una suerte de quejiditos tan dulces y amistosos que me hicieron sentir bien. Sudoroso como estaba saqué mi pañuelo y me sequé nerviosamente las mejillas.

Después de varios minutos de estar así la hembrita se levantó y empezó a buscar con su lengua algún sitio de mi cuerpo que no estuviese cubierto. Y digo esto porque al ver que la parte baja de mis pantalones se me subía un poco al doblar mis rodillas, comenzó a lamer mis pantorrillas descubiertas. Al parecer le gustaba hacer eso.

La rugosidad de su lengua y la tibia humedad que de ella se desprendía me hicieron estremecer de extraña forma. Jamás había sentido la lengua de un perro y menos acariciar mi piel de ese modo. En casa no había perros porque a mis padres no les agradaban. Pero ahora que sentía la sutil caricia podía darme cuenta que el apéndice lingual de los perros posee características poderosas e incomparables.

Los detalles de la última batalla sexual que había visto vinieron a mi mente manifestándose en urgentes deseos en mi bajo vientre. Mi verga acusó de inmediato el efecto eréctil y comenzó a estirarse con rapidez bajo la tela. La perrilla seguía lamiendo suavemente la piel de mis piernas subiendo lo más que podía hacia la parte de arriba. El fuego candente de su lengüita me abrasaba y me hacía sentir cosquilleos inconfesables.

Sintiendo mi pito salvajemente endurecido no pude sustraerme al íntimo deseo de pajearme allí mismo. Animado y excitado por las inesperadas caricias de la lengua de mi dulce amiguita jalé el cierre y me la saqué. Mi polla surgió dura y tensa moviéndose de un lado a otro con la cabeza roja y los pliegues protectores de la punta semi abiertos.

Jalé con suavidad el prepucio hacia abajo y la pelé. La gruesa cabeza emergió retadora con su único ojo viendo hacia arriba. Le pegué otro jalón más y otro más. Y de nuevo otro. ¡Oh, qué delicia! Pronto mi polla se hallaba sujeta y tensa entre mis manos mientras se balanceaba como un péndulo. Escupí entre las palmas varias veces y la estrujé entre los ríos salivosos.

Ante las oleadas de placer de las manipulaciones cerré los ojos y me abandoné entre ricos escarceos y quemantes apretones. De pronto sentí cómo algo se acomodaba entre mis piernas. Abrí los ojos y vi a la perrita color marrón intentando abrirse paso entre mis piernas. De momento sentí cierto rechazo por su acercamiento temeroso de que llegara a morderme la pija.

Sin embargo la hembrita no cesaba de moverse inquietamente sobre mis piernas. En un acto de prevención y maldiciendo mentalmente la interrupción me guardé la verga sin cerrar la bragueta. Aún así admiraba el bulto bajo la tela. Habiendo protegido mi pija dejé actuar a la perrita y pronto la tuve encima de mis muslos. Su pequeño cuerpecito rozaba contra mi pájaro endurecida una y otra vez. Como no dejaba de moverse aquello me gustó, pues estimulaba de modo especial mi región púbica.

¡En esos instantes estaba descubriendo sensaciones nuevas! Habiendo sentido por primera vez aquellas caricias mi mente comenzó a forjar ciertos escenarios prohibidos. No obstante yo seguía negándome a mí mismo lo que tanto deseaba.

¿Y si dejaba que la hembrita siguiera moviéndose sobre mi polla hasta que me sacara la leche? ¿Qué se sentiría si la dejaba hacerlo? Pero si actuaba así me descargaría dentro del pantalón y eso no era conveniente.

Mi cerebro divagaba intentando justificar mis más íntimos anhelos. ¿Y si me la sacaba para sentir solamente su peludo cuerpecito rozándome la pija? No, eso no. Era una simple perra callejera y probablemente el roce de su pelaje podría infectarme. Aunque después de todo la hembrita no se veía tan sucia. Por lo visto era un animalito sano y seguramente alguien la estaba atendiendo, a juzgar por su aspecto. Podía sentir su típico olor a perra. Yo estaba luchando con mis pensamientos en tanto mis deseos y mi estado de excitación crecían.

De cualquier modo quise asegurarme de no ser visto por nadie. Estremecido por la brama me puse de pie y tomé mi valija yendo a internarme entre la espesura. Sin que yo dijera nada la fiel hembrita me siguió dócilmente. En medio de la maleza y protegidos de ojos intrusos, volví a sentarme sobre el piso. La perrita retornó de nuevo a sus gráciles movimientos sobre mí. Los constantes roces de su cuerpo sobre mi apretujada pija me elevaban por los aires del deseo. De hecho casi estaba a punto de venirme. Fue por ello que la alejé un poco tratando de retener la amenazante eyaculación.

-Calma, calma....tranquila niña...quédate quietecita -le dije cariñosamente al tiempo que apretaba el culo para no venirme-

La perrita me miraba con confianza sin dejar de moverse entre mis manos. Cuando sentí que el aluvión de leche retornó a mis testículos y las ganas de venirme desaparecieron la dejé hacer de nuevo sus graciosos movimientos. De nuevo los apretujones de su pequeño y móvil cuerpecito me llenaron de placer. Mi verga se hallaba a punto y todo era cuestión de soltar mentalmente la próstata para que los aluviones de leche hicieran el primer reguero.

Queriendo prever un desaguisado, decidí no venirme bajo el pantalón. Arriesgándome a todo me levanté y me quité los pantalones. Esta vez mi tiesa polla quedó al descubierto y en la punta del capullo sobresalían gruesas gotas de semen. Yo las diseminé lentamente con mi dedo alrededor del glande. ¡Fantástico! Volví a escupir varias veces en mis manos y tallé la savia salivosa a lo largo de mi parado falo humedeciendo por completo el tronco y la cabeza. ¡Genial!

El trepidante jaloneo no se hizo esperar y pronto mi polla se balanceaba rítmicamente ante la cara de la hembrita, que miraba fijamente mis frenéticas maniobras. La pequeña no dejaba de encimarse sobre mi entrepierna. Por eso le había puesto el antebrazo como valla protectora. En un momento dado y ante la intensidad del delirio del cachondeo no advertí cuando la perra logro subirse sobre mí y se abalanzó sobre mi parada pija.

El primer lengüetazo lo sentí deslizarse quemante alrededor de mi roja cabeza. En un acto reflejo moví mis muslos hacia un lado. Quería alejar torpemente mi polla del hocico de mi amiguita. Pero confieso que fue mayor el gusto que sentí por la lamida. Aún con ciertas reservas fui moviendo mi verga hacia ella manteniéndola cubierta con mis manos.

La hembrita, al descubrir frente a su cara el enhiesto pedazo de carne caliente estiró golosa su lengüita y volvió a rozar mi húmedo glande. ¡Oh gloriosa sensación! ¡Todo eso era realmente increíble! Habiendo tomado más confianza le acerqué una vez más la punta del pito a la babosa trompa. ¡Un nuevo lengüetazo me llevó al reino de la brama! Ya no puse más barreras y al fin me decidí.

Solté mi polla al aire y acerqué mi tembloroso cuerpo lo más que pude a su hocico. El animalito, al ver que por fin podría disponer de aquel caramelo oloroso y radiante, se aprestó a saborearlo con toda libertad poniendo especial empeño en la gruesa cabeza. No puedo describir con exactitud las delicias de una mamada canina. Sólo diré que es algo único; algo superlativo.

La extraña rugosidad y tersura de su lengua, la humedad candente de su boca, la tibieza de la baba que mana de adentro, la incomparable sutileza de sus papilas degustativas, la velocidad prodigiosa de su instrumento lingual, el no cansarse jamás cuando lamen y muchos otros atributos inconfesables son los ingredientes que podrá disfrutar cualquiera que intente lo mismo que yo. Y hasta me atrevo a afirmar que si la perra que te mama es hembra, mucho mejor.

Más rápido de lo que esperaba mi leche surgió como un volcán en erupción. La perrita, en un despliegue de destreza inaudita, abrevó una y otra vez en aquellos manantiales de leche caliente que surgía a borbotones. Como si supiera lo que debía hacer en los instantes sublimes, sus lengüetazos aumentaron de tono. Mi pene escupía y escupía en sucesivos estertores la tibia savia de mis huevos y una y otra vez la hembrita degustó con fruición el jugoso néctar prohibido.

Tuve que alejar mi polla de su pegajoso hocico, pues no quería dejar de lamerla. ¡Todo un prodigio! Ya veía que la perrita era incansable para esas lides. Procuré limpiarme los surtidores de leche de mi cuerpo mientras pensaba en la estupenda mamada que acababa de darme. En definitiva me había gustado mucho aquello.

Deliberadamente esperé a que mi cuerpo volviera a cargar semen y media hora después me hallaba listo para repetir la cachonda operación. Y lo más fantástico de todo fue que mi amiguita volvió a aplicarse en su labor como toda una experta. Aquella tarde pude disfrutarla por largas y suculentas horas descubriendo, experimentando, gozando y eyaculando de lo lindo. ¡Cuántas delicias inconfesables me prodigó la apasionada lengua de aquella hembrita!

Muchos dicen que los perros son muy inteligentes y sin duda es así. Mas yo pienso que este animalito, independientemente de sus dotes naturales, debió haber sido enseñado por alguien a hacer aquello. ¿Por qué lo digo? Porque realmente no he hallado a otra perra que me lo mame igual. Éste pequeño ejemplar tenía en verdad maestría y doctorado en mamatología canina.

Después de venirme varias veces sobre su larga lengua y sintiendo mis extremidades temblorosas decidí dar por terminada la sesión de aquella tarde. Deseaba en mi fuero interno adoptar a la hembrita de pelo marrón, pero bien sabía que mis padres no me lo permitirían. Fue por ello que tuve que dejarla ir confiando en encontrármela de nuevo por el camino.







Cap. II



Sabedor de que los animales, como los humanos, se adaptan bien con quien les brinda comida y cariño, me hice de algunos lácteos achocolatados procurando traerlos siempre conmigo. Los días transcurrieron y no volví a ver a la hembrita hasta que pasaron casi dos semanas.

Era lógico que después de haber estado tanto tiempo juntos la última vez, la pequeñita se sintiera contenta de volver a verme. Yo, por mi parte, estaba desesperado por llevarla tras los matorrales, pues confieso que de tan solo verla se me hinchó la verga como si se tratase de un globo. Rápido como el rayo caminé en dirección de los arbustos y me senté sobre el piso. Antes de comenzar me hice de los lácteos y abriendo uno, se lo exprimí en la boca. El animalito se gozó con el delicioso líquido sabor chocolate que pocas veces tenía la fortuna de probar.

Después del banquetazo la pequeña se me tiró encima restregándome la azucarada lengua entre las piernas. Comprendiendo al punto lo que ella deseaba, me deshice de los pantalones y agarré mi parada polla. Cogí un poco de leche y me embadurné la pija por todo el tallo y en particular en la gruesa y roja cabeza. En seguida se la acerqué al hocico. La pequeña pilla comenzó a lengüetearme el pito con admirable entusiasmo al tiempo que yo me deleitaba enormemente con las tibias e incomparables sensaciones de mi glande.

Por segunda ocasión me abandoné al extraño e inconfesable placer de ser lamido por una perra, mientras los ríos de leche salían una y otra vez del interior de mi incansable pene. A pesar de que mis venidas no cesaban mi polla seguía manteniéndose erguida. Incluso puedo decir que entre más me la lamía, más dura se me ponía. ¡Era increíble! Jamás me había sucedido antes.

Luego de varias horas de plenitud y disfrute quise de pronto experimentar algo nuevo. Lo que mi mente me pedía era saber qué se sentiría si en lugar de que me lamiera la verga se la metía dentro del hocico. Pensé que quizás el apretón de sus mandíbulas me regalara la sutil suavidad de algunas mordiditas mientras enrollaba mi pito con su tibia y tersa lengüita. ¡Un pensamiento bastante tentador!

Plenamente confiado en que mi amiguita jamás me haría daño tomé el riesgo de hacerlo de esa forma. Hincándome en el piso tomé al animal por la cabeza y le acerqué mi polla enhiesta a su babeante trompita. Ella abrió más el hocico como esperando que se la introdujera mientras sacaba la lengua. Le metí la pija parada en el interior del hocico y se la solté dentro. La hembrita reaccionó de un modo inesperada.

Volteando la cabeza se alejó nerviosamente dándose la vuelta. La vi caminar hacia un lado de los matorrales y pensé que había cometido un fatal error. Maldije el haber intentado hacer aquello y me quedé intranquilo, esperando a ver si retornaba a mí. No quise llamarla ni ir en pos de ella para no ciscarla más. Y la estrategia dio resultado. A poco, la pequeña regresó moviendo la colita con ansiedad.

Antes de continuar consideré prudente mandarle algunas señales de confianza y en seguida saqué otra golosina láctea y se puse frente a la trompa. Antes que acabara de comer aproveché para volver a embadurnarme la pija con el dulce, y sin perder las esperanzas, retomé mis intentos por metérsela lentamente dentro del hocico.

Esta vez funcionó muy bien, pues mi amiguita, comprendiendo al fin lo que yo deseaba hacer, se tragó, por así decir, mi parada polla dentro de su hocico y comenzó a estrujarla suavemente entre sus dientes mordiendo con lentitud mi estremecido pájaro. Su larga lengua se fue enrollando poco a poco alrededor del tronco e inició una suerte de mandibuleo muy tenue como si estuviese masticando un rico hueso. ¡Qué sensaciones tan excepcionales! Simplemente no pueden ser expresadas con palabras.

No puedo describir lo que sentí, pues me volví a descargar con violenta furia dentro del hocico de mi amiguita, quien no paraba de chupar con feroz sincronía. Fueron varios minutos de inenarrable lujuria y tan intensas fueron las oleadas de brama y las volcánicas erupciones de leche que al final me quedé tendido sobre el suelo hasta que los estertores de mi cuerpo cesaron.

Con aquella nueva experiencia a cuestas podrán adivinar fácilmente qué fue lo que hice en adelante con mi fiel amiguita. Al menos dos veces por semana, si es que la hallaba en el camino, nos perdíamos entre la boscosidad para entregarnos al placer carnal. Era como si ella entendiera claramente que lo que hacíamos yo lo deseaba ardientemente.

A partir de allí mis abiertas inclinaciones por aquellas depravaciones con la perra, si es que las puedo llamar así, suplieron cualquier otra afición en el terreno de lo sexual.

Podría decir por otra parte que la pequeña perrita de pelo marrón se convirtió en mi fiel amante y yo en el suyo. Así de simple. Entre nosotros surgió una extrañísima liga de entendimiento, simpatía y comprensión. ¡Increíble!. ¿Por qué extraño influjo sucedió todo aquello? Ni yo mismo lo sé. Sólo sé que sucedió.

Pasó el tiempo y nuestra relación, como cualquier relación entre amantes que se quieren, continuó viento en popa. Y puedo decir que para mi fortuna jamás nos descubrieron. Yo me cuidaba muy particularmente de ello. Ante las facilidades que nos otorgaba la seguridad del bosque seguí manteniendo y cultivando aquella extraña relación perra-hombre que tantas delicias me regalaba. De hecho hasta me olvidé en aquel tiempo de las chicas, por así decirlo, para entregarme en cuerpo y alma a mi extraordinaria amante canina.

En ese entonces yo tendría unos 16 o 17 años, pero aún así mis experiencias zoofílicas crecían en intensidad y madurez. Me daba cuenta que como pocos jóvenes de mi generación, yo me había atrevido a saltar al vacío jugándomela con la perrita, y me había dado resultado. Así era de simple.

Por si fuera poco, la producción de leche nunca se acababa sino todo lo contrario. Es posible que por lo mismo me sintiera impulsado a intentar cosas mucho mas atrevidas con mi amiguita.

Cierta tarde en que la hembrita de mis amores me había mamando la polla hasta el delirio y sintiendo que mi pene no se aflojaba me detuve a meditar en la posibilidad de meterle mi polla por la grutita de su diminuta vulva. Por alguna razón había estado recordando insistentemente la brutal culeada del gran perro negro y de alguna manera yo deseaba gozarla también por el mismo hoyo. Al fin y al cabo que ya habían pasado varios meses desde aquellas lastimaduras.

Inicié mis intentos como jugando a tocarle con suavidad la parte exterior de su afelpado chochito sin ir más allá, al tiempo que evaluaba sus reacciones. Pasé dos dedos por la tersa flor apretujada, tan pequeñita como la cuquita de una niñita de 8 años, bordada de corta y suave pelusilla. La pequeña ni se inmuto. Animado, seguí acariciando la entrada de su rajita lentamente, sin prisas, mientras mi pito embarrado de leche era chupado golosamente por su caliente hocico.

Totalmente confiado en su tácita aceptación y cuando considere que era el momento apropiado me le acomodé por detrás sin dejar de acariciarle la conchita. La perrita se quedó quieta, muy quieta, como esperando entender lo que yo deseaba hacer esta vez. Su actitud pasiva me animó a seguir adelante. Con la verga en ristre y puesto ya de rodillas sobre el pasto, me fui acercando a su trasero. Teniéndola a modo, con rapidez le puse la cabeza de mi pito en la breve entradita.

En ese momento recordé la pija del perro callejero y la comparé mentalmente con la mía. Entendí que si su vulvita había podido albergar por completo un pene tan largo y grueso como el del perro, no habría problemas para que yo pudiese enchufarla con mayor confianza, ya que el mío era mas chico. Y si además se lo hacia con cuidado evitaría lastimarla.

Me escupí la verga abundantemente y la humedecí toda antes de comenzar a empujársela. Luego se la fui metiendo con lentitud. Al sentir la invasión del intruso mi amiguita se dolió ante la embestida recordando quizá por reflejo la salvaje cogida de antaño.

Inesperadamente dio unos pasos hacia adelante y se alejó de mi lado. Yo esperé algunos minutos antes de volver a acercarme a ella y comenzar de nuevo a acariciarle el lomo y la cabeza. No deseaba por ningún motivo inspirarle miedo. Temía en el fondo que no se dejara hacer lo que yo ansiaba. Lo intenté de nuevo y esta vez su reacción fue mucho peor y se apartó por completo de mí.

Intrigado por los motivos de sus extrañas reacciones pensé que quizás no era el momento adecuado para intentarlo, ya que sabía que los perros, sobre todo las hembritas, suelen reaccionar sólo durante los periodos de celo.

Frustrado por mi deducción desistí en mi empeño y traté por todos los medios de suavizar la tensión. Me acerqué a paso lento y le puse frente a la cara mi polla endurecida tratando que me la chupara. Pero ella ya no quiso y de repente de alejó definitivamente. Quise seguirla pero me di cuenta que sería inútil. La deje libre y me fui a mi casa rumiando el coraje y sin poder entender su actitud.

Cuando me la encontré unos días después no note resentimientos ni alteraciones en su conducta. Entré en contacto con ella mediante las sutiles maniobras de siempre poniendo mucho cuidado en dotarle de una abundante ración de leche achocolatada. Esta vez su actitud mejoró y mis ánimos se renovaron. Quise reintentar la consumación de mis ganas de cogérmela por detrás.

Aquel deseo no satisfecho me calaba el cerebro. Mi amiguita por su parte lo que quería era mamármela, dados sus febriles movimientos sobre mis muslos. Pero yo aumenté deliberadamente las dádivas lácteas y no me la deje chupar, sino que me concentré mejor en las suaves caricias alrededor de su vulva.

Deseaba hacerla comprender que mi anhelo seguía siendo el mismo de la última vez, cuando me había despreciado olímpicamente. Entendida como era mi amante para esas cuestiones debió captar al punto mis deseos, pues cuando me acerqué cautelosamente por detrás a su chochito entrecerrado vi que esta vez adoptó una actitud pasiva y quieta.

Tomando confianza escupí abundantemente en mi pene, le acomodé la roja cabeza de mi pito en su breve entradita e intente irla penetrando despacio y lento. Para mi fortuna mi amiguita no se movió de su sitio. Alentado por ello di el segundo empujoncito tomándola suavemente de la parte baja de su vientre. Quería asegurar la inmovilidad de su cuerpo contra mis ansiosos muslos.

Vi claramente cuando la cabeza de mi verga fue ingresando lentamente en su breve hendidura. Sinceramente era la primera vez que le metía el pito a un animal y puedo asegurar que es una de las cosas más deliciosas que puedan existir.

La vulva de una perrita tan pequeña y graciosa como aquella era diminuta y suave con paredes calientes y tersas. Y era mucho más apetecible incluso que la de una mujer adulta, y muy parecida, digo yo, a la rajita de una niñita menor de edad. ¡Toda una delicia! Pero lo más agradable fue la sensación que se experimenta dentro de aquel apretujado túnel candente, casi quemante. Porque ciertamente el calor que generan por dentro es extremo.

Sentía mi pito vibrar como si lo hubiera metido en una sauna a todo vapor. Empujé otro tanto reteniendo angustiosamente la feroz eyaculación que amenazaba con salir. Casi la mitad de mi duro pito se perdió dentro de su linda oquedad. Sentí que la perra se movió tantito como intentando caminar hacia adelante, pero yo la retuve con firmeza para que no se me zafara.

Acostumbrada a ser montada con violencia, por fin se abandonó a mis posesivos manejos dejándose hacer todo sin oponer ya resistencia. Cuando entendí su tácita aceptación quise aprovechar la circunstancia para hundirle toda mi polla de inmediato.

Un movimiento preciso hacia el frente bastó para penetrarla por completo. Mi amiguita lanzó un gemido de dolor y de placer, pero muy pronto se abandonó en tierna laxitud a la pasión de mis arremetidas. A poco comencé a sentir que su cuquita empezaba a humedecerse más rápidamente de lo que esperaba.

No queriendo tener más sorpresas inicié cogiéndomela muy despacio, muy lentamente, pero a medida que metía y sacaba mi verga de su vulva, el deseo fue aumentando de tono. Pronto mis movimientos arreciaron volviéndose frenéticos y mi pene entraba y salía con velocidad y violencia de la tierna cosita del animal.

De vez en cuando mi amiguita volteaba a verme como buscando observar mis reacciones y entonces aprovechaba para acariciarle la cabeza metiéndole mis dedos en el hocico. Esa situación fue dándole mayor confianza hasta que comenzó ella misma a echar su grupa sobre mí peluda pelvis con la intención de que la bombeara más adentro.

Igualmente aprovechaba para morderme suavemente la mano, cosa que incrementaba intensamente mi ardor y mi calentura. Confieso que esa primera vez no dure mucho cogiéndomela, pues no pudiendo contenerme más, a los cinco minutos sentí los torrentes de semen que se desbordaban y se perdían en el interior de sus entrañas.

No estaba nada mal el chochito de la pequeña, pues lo sentía latir y palpitar apretándome febril el tallo de mi pene. Por supuesto que yo ya me había cogido algunas chicas, pero esto que estaba haciendo ahora no podía compararse con nada. Ninguna de ellas llegó a apretarme tanto el pito como la conchita de la linda perrita marrón. En descargas sucesivas acabé estremecido dentro de ella y me quedé quieto por un rato. Ella por su lado también se quedo estática como en espera de alguna cosa más.

Consideré que tal vez esperaba que yo la arrastrara como lo había hecho su último amante, lo cual desde luego no estaba en mis planes. Pasados los estertores me salí con lentitud de su chochito y mi amiguita se volteó para verme atentamente a la cara. Podía ver en sus ojos un reflejo de agradecimiento. Era como si no le agradara ser arrastrada, o tal vez sí, aunque puedo decir que al menos no en la manera tan salvaje como lo había hecho aquel negro callejero.

A partir de aquel día las relaciones íntimas con mi amiguita entraron en una etapa diferente transformándose de pronto en una fuerte y emotiva codependencia entre los dos. Ya no nos limitábamos sólo al arte de la lengüeteada o de la mamada, tan sutilmente prodigiosas, sino que ahora habíamos ido más allá.

Por lo mismo cada vez que nos encontrábamos era seguro que le metiera la verga por la conchita viniéndomele varias veces adentro. Era claro que pequeña bribona se solazaba con mis tremendas culeadas que, por otra parte, eran mucho más tiernas y suaves que los salvajes acoplamientos que tenía por costumbre practicar con los de su género.

Pero a mi poco me importaba eso, pues sabía que estando juntos y solos podríamos seguir entregándonos mutuamente al grandioso placer zoofílico de follar y follar rico y sabroso. Y mientras la pequeña hembrita de mis pasiones no se negara a seguir regalándome su cosita, yo estaría contento de verla.

Debimos demorar varios años practicando aquella relación secreta y prohibida y de hecho nunca fuimos sorprendidos cuando cogíamos. A final de cuentas reconocía que ni nos descubrieron, ni tampoco me enfermé del pene, ni la preñé con tantísima leche que le derramé en las entrañas, ni nunca fui tachado de perverso o depravado.

Aún puedo recordar que cuando cumplí los 18 seguía siendo el amante humano de mi perrita de conchita apretada. Solamente me vi separado de ella algunos meses, cuando salió preñada de un perro. Pero tiempo después y a las pocas semanas de haber parido sus cachorritos volvimos a las andadas como si nada hubiera pasado. Y en ese entonces pude comprobar que su vulvita seguía tan normal y apretadita como el primer día. Cosas de la elasticidad de la piel, digo yo.

Desafortunadamente y como suele suceder cuando la pasión es fuerte, una inesperada desgracia me separó para siempre de ella. Al parecer mi linda perrita no vio el pesado camión que acabó con su vida en la carretera, y yo tuve que guardarme el intenso dolor por su gran pérdida.

En los años que siguieron a la tragedia sólo me relacioné con mujeres, intentando olvidar las experiencias tan calientes que había vivido con mi antigua amante. Y ciertamente experimenté con ellas gozos de diversos tipos. Pero ese será tema para otro relato.

Con el paso del tiempo casi me olvidé de mi pequeña y linda perrita de pelo marrón que había sido la primera y única amante de mi vida. El tiempo fue transcurriendo de prisa hasta convertirme en un hombre casado. Vi que mis hijos comenzaron a crecer en medio de una vida familiar bastante rutinaria y como la de cualquier hombre.

Sólo de vez en cuando lograba recordar el quemante secreto que guardaba tan bien en mi memoria.

La vida siguió su curso y cuando cumplí los 38, el éxito había llegado a mi vida. Por aquel entonces y de modo repentino se me vinieron encima una serie de sentimientos de furor y calentura que no entiendo bien por qué se manifestaron. Era como si tomara mi segundo aire sexual. ¿Sería acaso una cuestión hormonal? No lo sabía pero tampoco quería averiguarlo.

Mientras fuese deseo y calentura todo estaba bien. Malo que hubiera sido lo contrario. Incluso puedo decir que retorné a mis ciclos masturbatorios en apariencia dormidos para volver a toquetearme febrilmente mi verga y eyacular en solitario cuando la ocasión se me presentaba, obviamente siempre a espaldas de mi mujer.

Cuando me quedaba sólo disfrutaba con amplitud y generosidad de las furtivas caricias como un adolescente, pero por tener ahora mucho más experiencia pronto quise aumentar el sentido lascivo de mis manipuleos agregando una que otra novedad, sobre todo si eran como cositas prohibidas.

Una de las prácticas secretas a las que francamente me aficioné muchísimo en ese tiempo fue a usar mi trasero como medio locomotor del orgasmo. Comenzaba primero dedeándome suave y largamente el bordecito de mi arrugado esfínter para después intensificar los toqueteos con mis yemas ensalivadas hasta acabar metiéndome dos o tres dedos por el culo.

Una vez que los había hundido completamente iniciaba una suerte de apretamientos voluptuosos haciendo palpitar con fuerza mi culito lo más que podía, en sucesivos espasmos, y movía luego mis dedos en círculos en el interior hasta que lograba saciarme en apetitosos orgasmos.

Reconozco que todo aquello me fue llevando lentamente por una insana senda de pasión que pronto me hizo desear ardientemente meterme algo mucho más vivo por el culo. Pensé inclusive en buscar algún hombre con el cual poder disfrutar en oculto mis desbordados instintos, y aunque confieso que busqué un prospecto durante algunos meses, lo cierto es que no hallé a nadie dispuesto. O quizás en el fondo nunca me atreví a llevarlo realmente a cabo.

Pero las circunstancias, como siempre, habrían de contribuir a la experimentación de cosas nuevas, con algo que ni siquiera había esperado.

La compañía para la que trabajaba me ofreció en ese tiempo un ascenso. La única condición era salir de la ciudad donde vivía. Como la oportunidad era bastante buena para nuestra economía, mi esposa y yo tomamos la decisión de aceptar. Unas semanas después me había trasladado solo a otra ciudad, desde donde haría con toda calma los preparativos para el posterior menaje familiar.

Por algunos meses viviría solo y viajaría los fines de semana a casa. Muy pronto me enrolé en la nueva rutina laboral y comencé a vivir en una casa que renté para el efecto. Se trataba de un chalet de mediano tamaño, muy mono por cierto, que la dueña me alquiló a buen precio, con la única condición de que aceptara compartir con ella el mismo patio.

En realidad no era un patio sino se trataba de un gran huerto lleno de verdor, donde abundaban los árboles frutales. Y es que la casita había sido construida en el área de traspatio de la residencia de la propietaria, de modo que ambas estaban protegidas por el mismo vallado, aunque cada una disponía de la privacidad suficiente.

La señora, una madurota mujer de cincuenta y tantos, era en realidad una viuda amable y tranquila, pero muy temerosa, por lo cual tenía por costumbre acostarse temprano y se había hecho de un perro ovejero al que soltaba por las noches para que hiciera la guardia. Vivía sola con Jaque, que así lo nombraba, porque sus hijos se habían casado y ya hacían vida propia.

Aparte de la llave de mi casa, me dio también la de la entrada del portón principal. Con el paso de los días el gran Jaque pronto se hizo mi amigo y cuando llegaba a casa siempre me salía a recibir con inquietos movimientos de cola saludándome y levantándose sobre sus patas traseras. Yo aprovechaba la gentil recepción para acariciarle el lomo y la cabeza, cosa que a él le agradaba mucho.

Cierta mañana en que me iba al trabajo me encontré en la puerta de la calle con una pareja que llevaba una linda perra encadenada, de muy buen porte por cierto. Entraron al patio y trabaron plática con doña Nico, la dueña. Cuando regresé por la tarde me encontré con la novedad de que le habían acercado la hembra a Jaque para la cruza.

Aquella circunstancia me hizo recordar de repente mis antiguos amoríos con la pequeña perrita y esa misma noche tuve que entregarme a las más ansiosas masturbaciones haciendo de paso las delicias de mi cachondo culo.

Serían como las once de la noche cuando comencé a oír los gemidos en el patio. Recordando que la hembra visitante se hallaba en celo, detuve mi caliente sesión de autocomplacencia para ir a escudriñar entre la penumbra. Rápidamente me puse el pulóver deportivo y me salí al patio. Mientras mis ojos se acostumbraban a la oscuridad recorrí en silencio el amplio terreno hasta que descubrí a la pareja en una de las esquinas más alejadas.

Dirigí con ansiedad mis pasos hacia allá para ver mejor lo que hacían. No tardé en descubrir a Jaque realizando la hermosa labor que tanto me agradaba. El pastor alemán se hallaba montado sobre la grupa de la perra, que por cierto era de su misma raza. La hembrita aquella era un ejemplar de precioso aspecto y de pelaje brilloso, digna compañera del enorme Jaque, que por lo visto no acostumbraba perder el tiempo.

Las patas delanteras del macho mantenían cogida fuertemente a la hembra que permanecía inmóvil y en actitud pasiva, en tanto Jaque, doblado en grueso arco, se dedicaba a un frenético bombeo con su enorme pene metido en la panocha. Como podrán imaginar el espectáculo me calentó al extremo, pues de pronto recordaba tan nítidas como al principio las candentes imágenes de los perros que había admirado la primera vez en mi etapa adolescente, al igual que mis encuentros zoofílicos con mi pequeña amante.

Entregados como estaban en su particular quehacer ninguno de los dos hizo el menor caso de mí, por lo cual me instalé cómodamente a un lado para observar complaciente el candente encuentro. Antes de entregarme a la contemplación de las acciones eché un vistazo a la casa de doña Nico comprobando que todas las luces se hallaban apagadas.

Seguro ya de no ser interrumpido me senté en el suelo y comencé a disfrutar de las peripecias sexuales de la singular parejita. Aún cuando yo esperaba que los canes demoraran cogiendo, en realidad no fue así, pues más pronto de lo que esperaba escuché los típicos gemidos que anteceden a la venida del macho y que propician la entrada de la gigantesca pelota en la vulva de la hembra.

Comprendiendo al punto que el feroz ayuntamiento estaba por consumarse tuve que conformarme con disfrutar solamente del desenlace, pues casi en seguida Jaque le insertó el grueso alvéolo a la linda perra haciéndola bramar de dolor, pero también de placer. Con una soltura poco usual el inteligente macho se desdobló rápidamente para modificar su posición original quedando al fin pegado y en posición invertida contra la grupa de su compañerita de juegos.

En pocos minutos se había consumado el acto canino llegando a su clímax frente a mis dilatadas pupilas. No pudiendo hacer nada para cambiar las cosas me resigné a las circunstancias y continué admirando el gratuito espectáculo del abotonamiento. A diferencia de aquella ocasión en que el negro perro macho había arrastrado a mi frágil perrita de pelaje marrón, esta vez la cosa fue distinta, pues debido al gran tamaño de la hembra, casi de la misma alzada de Jaque, a éste le era imposible dar un paso más allá de donde los dos se encontraban anudados.

La lucha de ambos por mantener el equilibrio fue tremenda viéndose obligados a soportar la dolorosa juntura de sus grupas lechosas a causa del infame abotonamiento de sus enrojecidos genitales. Yo permanecí quieto viendo cuidadosamente el desarrollo de los acontecimientos, mientras mi pito permanecía erguido bajo mi pantalón deportivo. Aún así mi mano se deslizaba suavemente sobre el bulto de tela apretando con voluptuosidad y lascivia.

Yo no sabía que la sorpresa mayor estaba aún por llegar. Habiendo transcurrido poco más de una hora los animales pudieron finalmente despegarse mediante el clásico chasquido parecido al descorchamiento de una botella. El tremendo colgajo que apareció ante mi vista moviéndose como péndulo en la parte baja del vientre de Jaque me maravilló por completo. Y es que yo había visto muchas veces la herramienta de un perro macho, pero honestamente ésta vez me hallaba frente a un animal especialmente dotado. Descubrir semejante artefacto me confundió al principio y quise averiguar por mí mismo las exactas dimensiones de lo que Jaque portaba tan gallardamente.

Lo que concluí de mi largo examen visual a los genitales del perro fue que así como existen en el género humano diferencias en el tamaño de los penes masculinos o también en el tamaño y textura de las vulvas femeninas, de igual manera sucede con los perros. No todos son iguales, por supuesto, y las diferencias entre ellos definitivamente existen.

Recordaba la diminuta grutita de mi antigua perrita color marrón y el brevísimo tamaño de su entradita vulvar, y la comparaba mentalmente con la gran concha de la perra que ahora estaba frente a mí. Comprendí igualmente el por qué ésta no sufrió los grandes estragos de aquella, a pesar de que la verga de Jaque era muchísimo más larga y gruesa que la del negro macho lleno de cicatrices.

Cuando se toca este tema muchos hablan de las razas, de las cruzas, de las cuestiones genéticas y de tantas y tantas cosas más, y es posible que no les falte razón. Lo cierto es que el condenadísimo Jaque sí que parecía tripié.

Lo único para lo que tenía ojos y mente era para confirmar que el feliz animal era poseedor de una tranca descomunalmente grande que dejaba muy por atrás al desalmado perro negro que había visto cogerse a mi pequeña amante años atrás. Se trataba de una regia y hermosa verga color de rosa, tirando casi a colorada, adornado con ribetes de lindas y delineadas venosidades azules que partían desde la base del alvéolo hasta la achatada puntilla.

Los lengüetazos que Jaque le prodigaba ahora a su endurecido falo no me impedían admirar apasionadamente su fenomenal estaca confirmando una y otra vez y con mayúscula sorpresa la hermosa textura de su verga y dándome cuenta que aunque se había derramado por completo dentro del dilatado conducto de la hembra, no por eso su regio pito había perdido su vigor.

¡Qué tranca tan hermosa! -pensé emocionado- mientras mi pito se estremecía pidiéndome más caricias.

Cegado por el deseo me saqué la polla y empecé a masturbarme allí mismo, presa de los más intensos temblores producto de la brama que sentía. Mientras la hembra se retiraba con donaire hacia el otro extremo del patio, Jaque continuó absorto en sus labores sanitarias pasando su larga lengua a todo lo largo de su inflamado pene envolviéndolo con suavidad, al tiempo que gruesas gotas parduscas de leche iban cayendo al piso.

Más pronto de lo que deseaba un rico estertor me anunció el arribo de la eyaculación y los borbotones de semen comenzaron a salir de mi pija, al tiempo que la cacheteaba en una ardorosa puñeta eslava. Cuando acabé de venirme aún pude admirar la gallardía de los aperos de Jaque que ahora relucían como un ramillete coloreteado bajo la tenue luz de las lejanas lámparas. La visión me había cautivado tanto que no deseaba retirarme a mi casa, pero pensando que doña Nico podría estar esperando a que los animales terminaran de ayuntarse tuve que encaminarme hacia el chalet.

Habiendo entrado en mi recámara, las candentes imágenes del instrumental de Jaque no me dejaban en paz. Me había impresionado tanto lo que descubrí que reconocía que el impacto de la visión de su tremendo vergón coronado por la gruesísima pelota de softbol había sido mucho más grato para mí que observar la penetración macho-hembra que tanto me excitaba anteriormente.

Como no podía conciliar el sueño debido a que mi pito no quería calmarse, tuve que dedicarle tiempo a una nueva y rica masturbación combinada. Como vivía solo siempre estaba preparado y provisto de algunos vegetales frescos, pues había descubierto desde hacía tiempo las generosas cualidades de tales utensilios para aliviar los más afanosos deseos.

Y aunque a esas alturas ya había probado de todo, pasando por zanahorias, papas preparadas, plátanos en su propio jugo, y hasta alguno que otro mango verde tallado a cuchillo, seguía prefiriendo indudablemente los pepinos como los mejores amantes para esos juegos solitarios.

Tomé del frutero el más largo y grueso que tenía y me abandoné a la lujuriosa penetración con aquel verdoso consolador natural, mientras la imagen de la verga de Jaque seguía bailando en mi mente. No tardé mucho en lograr un orgasmo múltiple que me transportó a la gloria quedándome después tranquilamente dormido. No cabe duda que el sexo a veces actúa como poderoso sedante.





Cap. III

Pasada aquella primera experiencia nocturna con la pareja canina, yo esperaba volver a ser testigo al menos de otro par de encuentros entre ellos, pero para mi sorpresa, esa misma tarde los dueños de la hembra regresaron por ella y se la llevaron a casa. Allí supe que la llamaban Motita, nombre que por cierto me encantó para tan bello ejemplar.

Aún cuando me hubiese hecho ilusiones por intentar conquistar a la linda hembra, sabía en el fondo que eso era prácticamente imposible puesto que no vivía allí. Y aún suponiendo que algo hubiera podido intentarse con ella, estoy seguro de que nada hubiera prosperado. ¿Por qué? Primero, porque ella su atención se hallaba totalmente absorbida por la presencia de Jaque, y segundo, porque la visión del hermoso herramental del macho ovejero me había cautivado, haciéndome cambiar de parecer. Lo confieso abiertamente.

Por esa causa no pensaba ya en otra cosa que en la cosota del perro que tenía tan a la mano, y en la intimidad comenzaron a forjarse las primeras ideas para lograr un encuentro carnal con ese macho tan fuerte, portador y dueño del enorme juguete de carne caliente que me hacía vibrar de lascivia de tan solo verlo.

La tarde siguiente, al salir del trabajo, me encaminé a la veterinaria para proveerme de algunas deliciosas croquetas a fin de utilizarlas como medio de atracción con Jaque. Sabía perfectamente que la comida era un magnífico puente para aumentar más su confianza.

Por otra parte estaba seguro de que tenía ventajas para intentar un acercamiento más franco, ya que el animal, además de vivir junto siempre estaba disponible, teníamos permanente contacto visual y me conocía bastante bien. Por si fuera poco se notaba a leguas que existía buena vibra entre los dos.

Cavilaba igualmente en lo fácil que podría ser meterlo de noche en mi chalet sin

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