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Paula, mi cuñada, mi pecado. (V)

Publicado por Feuerengel el 23 de Feb, 2013

El despertar de ese glorioso fin de semana de sexo con mi cuñada.
Continuación de:
http://www.sexosintabues.com/RelatosEroticos-14079.html (Primera parte)
http://www.sexosintabues.com/RelatosEroticos-14238.html (Segunda parte)
http://www.sexosintabues.com/RelatosEroticos-14488.html (Cuarta parte)
Al despertar al día siguiente, me sobresalté de una manera que bien pude infartarme en ese momento. Por un leve segundo, al ver a mi cuñada junto a mí en la cama, no caí en cuenta de donde estaba o que había pasando. El despertar, el estado entre dormido y despierto, me jugó una mala pasada. Vi a Paula de espaldas a mi, toda desnuda, con su hermoso culito en pompa. Acostada de lado, mirando a la pared contraria. La reconocí y en parte no, una confusión de la semiconciencia.

Fue como una alerta, de que mi cuñada estaba en mi cama, que mi mujer me podía descubrir y que no recordaba bien que había sucedido. Este momento de pánico duró apenas un segundo y me hizo levantar muy poco la cabeza de la almohada, pero mi corazón pegó una frenada monumental que sentí un shock de 220. Cuando al momento, recordé quien era y que había pasado, me quedé quieto. Era sábado y Verónica no volvía hasta el domingo a la tarde. Fue como si temiera que mi alarma mental hubiera sonado fuera de mi cráneo y despertara a Paula. O como si mi apenas notorio movimiento la fuera a despertar. Pero Paulita no se movía, seguía roncando ligeramente. La contemplé admirado, pensando que había tenido a esa preciosa mujer entre mis brazos la noche anterior y un par antes de esa. Miré a la ventana, uno de los gatos acostado en el borde, me devolvió la mirada de forma displicente. Volví a mi cuñada y me quedé admirando sus nalgas tan firmes y juveniles. Nunca pude evitar hacer comparaciones entre ella y mi mujer, todas estas muy privadas. Jamás le dije siquiera un atisbo a Paula y mucho menos a mi mujer. Si Verónica se enteraba algo de esto, que la comparara sería el menor de mis problemas.

Me moví lentamente para acercarme a su cola. Ya iba fantaseando con tener su cola también, aunque tomando en cuenta que mi mujer no quiere ni hablar de eso, su hermana bien podía no ser muy distinta. Olí su entrepierna de atrás, pese a cierto olor a sexo de la noche anterior, era un aroma celestial. Estaba tal como nos habíamos dormido después del último polvo de la noche anterior. Pensé en que hacer y vi sus labios vaginales asomando por detrás de su entrepierna. Descendí a esa profundidad y estiré mi lengua para deslizarla por su vagina y tratando de no tocar sus glúteos. Eso podía despertarla, aunque la lengua también. Fue algo difícil en esa posición y me pareció que por apoyarme a su lado en el colchón se despertaría. La fui humedeciendo y cada vez más la rozaba con mis mejillas entreveradas en sus nalgas. Llegué con la punta apenas a su clítoris, cuando pareció despertar. Me incorporé enseguida y ella se acostó de espaldas. Apenas levantó la cabeza y con cara de dormida me miró.
-¿Que hacés?-preguntó con voz de ultratumba, debido al sueño y la modorra.
-Si no te gusta, no sigo.-
-Si me gusta.-respondió acostándose nuevamente.

Esa fue mi luz verde para seguir. Deslicé mi lengua por sus nalgas, descendiendo por el valle hacía su orificio anal. Ella sacudió la cola, como queriendo sacarme de encima, entendí la señal. Como sospechaba, ni hablar de sexo anal. Debía hacer un aproach más indirecto. En esa posición que ella estaba, yo no llegaba con mi lengua ni siquiera a sus labios. Apenas lengüeteaba el perineo. Me decidí por meter un dedo y tratar de hallar el clítoris a ciegas. Paula se abrió levemente, permitiendo esa intrusión de mi índice. Arrodillado le fui jugueteando levemente hasta que lanzó un leve quejido. Cansado de estar en la misma posición, me acosté a su lado, mientras seguía hurgando. Le besé la nuca y la parte de arriba de la espalda. Seguí por sus hombros delicados, que bien rojos se ponían cada verano, si no se protegía del sol. Por el momento no estaban muy bronceados ni enrojecidos. La mordí levemente, ella ronroneó como un gato. Saqué mi dedo de su entrepierna y me aferré la verga, que estaba lista desde que desperté y antes también. No tenía tantas ganas de ir al baño como otros días. Me le fui subiendo encima de costado y penetrándola despacio. Paula lanzó una exclamación, esa gran “O” que hacen las mujeres cuando están saboreando una penetración.

-Cambiemos, me estás aplastando.-
Me puse de costado, pero ella siguió el impulso y me empujó para darme vuelta. Quedé acostado boca arriba y ella encima mío, ensartada en mi palo, dándome la espalda. Traté de moverme pero era muy incomodo. Paula quiso sentarse, pero se le salió mi pedazo de su interior. Se acomodó para estar de rodillas y seguir de espaldas a mi. Con toda maestría se la metió dentro y se ensartó. Comenzó una lenta cabalgata a la cual no quise aportar y solo disfruté el momento, la vista era monumental. Su cola se abría y cerraba con cada movimiento, ella giraba y se la revolvía en movimientos circulares. Para luego cambiar y saltar sobre ella, por lo que la aferré por la cintura y la guié, queriendo evitar que se le saliera y me aplastara el pene.

Cuando aflojó con la cabalgata de entrada y salida, jugando más a tenerla y revolvérsela dentro, dirigí mis manos a su hoyo. Pero apenas inicié presión, su mano derecha soltó su apoyo en mi pierna y me apartó el dedo bruscamente.
-No.-me ordenó con firmeza simple.

Siguió el bamboleo sobre mi verga y yo sentía que me podía ir en cualquier momento. Fui controlando los movimientos como para hacerlo durar. La vista como dije era un monumento. Su cuerpo juvenil al sol de la mañana, gozando y gimiendo de ese polvo matutino, como el de la primera vez. En un momento dado, alzó el rostro al techo y quedó con la boca abierta en un mudo gemido, que de a ratos soltaba algún sonido. La veía apenas de costado, si me movía un poco, apenas distinguía su nuca. Pero esa visión me enloquecía, ese goce era por mí y gracias a mí. Mi ego estaba agradecido. Paula solo giró el rostro un poco, un atisbo nomás, para espiar si yo también gozaba quizás. Luego me confesó que todavía algo de vergüenza le daba el mirarme cuando lo hacíamos, por eso se había puesto en esa posición. Siguió así un rato y yo todavía estaba en posición de firmes como para un rato más. Giró su rostro después de mucho rato de mantenerlo hacia el cielo.

-¿Ya vas a acabarte?-me preguntó
-No, puedo aguantar un poco más si querés.-le dije sin fanfarronear para nada.
-Dejá, acabate, ya no puedo más.-dijo en un tono que revelaba que estaba más que “acabada”.
El haber tenido varios orgasmos, no puedo decir cuantos o si fueron muchos, no le impidió gozar como loca cuando yo me fui dentro suyo.

La giré sobre la cama para ponerla en cuatro patas, pero ella apoyó el rostro contra el colchón y quedó inclinada. Con la espalda arqueada parecía que le entraba más o que le tocaba en un lugar muy sensible. Un poco de las dos opciones supe luego, pero en ese momento temí que le estuviera doliendo.
-Es un lindo dolor.-me dijo entrecortadamente cuando le pregunté si sufría.
Eyaculé casi gruñendo, y ella gritando como una torturada, mordió las sábanas para acallar sus gritos de placer-dolor. Me pedía que acabara ya. Lo hice, con tal fuerza que moví la cama de lugar. Fue indescriptible, llenarla de esa manera, haciéndola toda mía. Era un sueño machista hecho realidad.
Me acosté y ella junto a mi, mirando ambos el techo.
-Buen día.-me dijo y yo le devolví el saludo.

Con esa sonrisa de satisfacción, me comentó que le había gustado mucho esa forma de despertarse. La besé, y aunque ella dudó en principio, lo aceptó.
Después de un rato de seguir charlando, me comentó que se sentía sucia. Sudorosa y enlechada, era claro debido a las circunstancias. Le propuse desayunar primero. Temí que su intención fuera bañarse y vestirse, para luego irse. Sabía que ese día era el último que teníamos, deseaba con todas mis fuerzas hacerlo durar. Aunque Verónica no llegaría hasta la siguiente tarde, Paula deseaba desaparecer mucho antes. Yo tenía que ordenar la casa y borrar todo rastro de nuestras acciones.

Desayunamos algo y la convencí de no irse hasta muy temprano del día siguiente, quedarse esa noche aun. Cuando terminamos de desayunar, se metió en la ducha para asearse de tanto sudor y flujos, mientras yo llevaba las tazas a la cocina. Esperé unos segundos en la cocina y luego me introduje en la bañera.
-¿Puedo hacerte compañía?-
Ella sonrió como si hubiera dicho algo divertido y asintió.

Luego de frotarme un poco, ella tomó el jabón y me lo pasó por el cuerpo. Comenzó en la espalda y siguió con el pecho y el vientre. Ni que decir que mi pedazo se levantó cuando se acercó a la entrepierna. Ella lo lavó con total profesionalidad, pero dejándolo duro y enhiesto en el proceso. Al sacudirlo para sacarle todo el jabón, lo observó un poco agachada. Sin que yo hiciera un movimiento se lo introdujo en la boca y comenzó una fellatio bajo la lluvia. Era como esas fantasías de película que uno siempre tiene. Debo reconocer aquí, que la realidad es una desilusión. Hacerlo en la ducha no me resultó grato con nada, a Paula tampoco. Al intentar meterla en la boca, debía bajar más su rostro, por lo que su nariz se llenaba de agua. Cuando la puse contra la pared, el agua le caía encima y le dificultaba respirar. Tuve que girarme en el reducido espacio de la bañera para ponerla fuera del arco de caída de agua y que no se ahogara mientras me peteaba. La levanté, asiéndola por el mentón. Paula podía seguir por horas chupándola, o hasta que se cansara, pero yo no iba a estar más cerca de acabar. Eso es algo que me pasa siempre si la posición no es cómoda, puedo estar cada vez más caliente, pero no llego al orgasmo. La besé hondamente y le metí la lengua con apasionamiento. Ella quiso negarse y murmuró algo como:

-Tengo gusto a pija...-
-Es la mía.-le respondí con simpleza y la seguí besando.

Las gotas le corrían por el cabello largo y lacio, por el pequeño cuello, lamí esa parte de su cuerpo y ella gimió de aprobación. La alcé en vilo, y no sin ciertas piruetas la penetré apoyándola con la espalda en la pared. Paula me acompañó, poniendo sus piernas alrededor de mi cadera. Pero en cuanto inicié el bombeo, me di cuenta que no iba a poder sostenerla mucho más en el aire, pese a lo liviana que es. La tomé por las nalgas, aferrándolas como si yo tuviera garras. Eso lo hizo durar un poco más, aunque igualmente me estaba cansando y no más cerca de acabar, hecho que no me preocupaba. Al cansarme, la bajé y me salí de adentro. Ella soltó un quejido de protesta, se ve que lo estaba disfrutando. La puse contra la pared donde estaban las canillas y la salida del agua. Manos contra el muro, de espaldas a mi. La puse en lo que llamo, la “pose del poli”. Ya que la misma parecía que iba a hacerle un palpado de armas, como los oficiales de la ley. Yo la dirigía como si fuera una muñeca y ella se dejaba. La penetré y ella bajó el rostro hacia el suelo para evitar que el agua la cegara o ahogara, no se. En un momento, se ve que le molestaba bastante la lluvia porque sacó una mano que usaba en la pared y cerró la canilla. Yo esperé que terminara de cerrar el agua, antes de seguir bombeando. Cuando lo hizo, miró por sobre el hombro y con un leve gesto pareció decir: “Ahora si, dale”. Reinicié el bombeo y fui subiendo la intensidad y fiereza, testeando como le parecía a mi cuñadita. Gemía de una manera impresionante, aquello pudo durar horas, no puedo jurar cuanto. El baño hacía mucho eco a sus gemidos, pero poco me importaba ya que me escucharan los vecinos o que sospecharan. ¿Cómo podrían saber ellos que esos gemidos no eran de mi mujer? Me recordé como nota mental, que debía evitar que nadie viera salir a mi cuñada, como para que no sumaran dos más dos. Paula balbuceaba palabras de arenga a que continuara como lo hacía.

-Me siento muy puta.-
Le besé y mordisqueé el cuello por detrás.
-¿Te gusta? ¿Te gusta sentirte puta?-
Largó un “sssiiii”, estirado, como si estuviera intoxicada. Lo estaba de hecho, intoxicada de placer y sexo.
-Te gusta sentirte mi puta.-le dije en algo que no era en tono de pregunta o de afirmación, algo intermedio.
-Solo por hoy.-

Penetrando más fuerte y profundo como me di cuenta que le gustaba, la hice dar un respingo. Aun dudaba sobre quedarse el domingo temprano, pero yo quería hacerla cambiar de opinión.
-¿Estás segura?-
-Aaaaah, por favor, no me hagas esto.-
Me callé la boca. La tomé por los pezones, soltando su cadera. Le pasaba las manos por la espalda, alternando de pellizcar sus pechitos a aferrarla por las caderas para dirigir las embestidas. Paula seguía gimiendo y acabando. La incliné un poco y me fui dentro de ella. Yo lo sentí como si eyaculara litros, aunque se que eso era imposible. No después del polvo de hacía un rato y los de la noche anterior. Ella se aflojó contra la pared, sin necesidad de preguntar si había acabado. Estaba llena de mi semen otra vez y las embestidas finales la habían hecho gritar más que antes. Su respiración agitada, parecía la de una maratonista. Mojados aun, le propuse abrir nuevamente la lluvia y terminar de bañarnos.

Una vez salidos de la ducha, estuvimos un rato desnudos por la casa. Paula finalmente dejó de ser la amante distante y se puso algo cariñosa después de tener relaciones. Hasta ese momento, se alejaba apenas acabábamos. Esto me molestaba en parte, me hacía sentir solo un pedazo de carne.
Aunque uno que la hacía gozar bastante. Estuvimos perdiendo el tiempo. Preferí descansar y arremeter con nuevas fuerzas. Vimos un poco de tele, comimos en la cama, nos pusimos melosos y lo hicimos de nuevo. Esta vez fue en la clásica posición del misionero. Aunque este polvo lo hice durar todo lo que pude, lo hicimos lento, sin brusquedad. Todo lo más delicado. La penetré lenta pero profundamente. Entraba y salía como si tuviera todo el tiempo del mundo. Ya más cerca del clímax, nos pusimos salvajes. Ella me arañó la espalda, cosa que no me gustó y me pidió disculpas. No quería tener marcas, por suerte no dejó algo relevante o inocultable. Seguimos acurrucados, dormimos una siesta involuntaria, cuando despertamos lo hicimos de nuevo. Quiso que le contara como eran esas prácticas de bondage que hacíamos con Verónica. Le expliqué la diferencia con el sadomaso. Le relaté como había todo un contrato de confianza entre los que participaban de ese “juego” ya que el sumiso entrega su voluntad. La sondeé para ver como reaccionaba, hasta que se lo propuse directamente. Dudando, se negó. Tenía miedo, junto con lo demás. Hacerla mi esclava es una fantasía casi tan buena como un menage a trois con ella y la hermana. Quiso cambiar de tema y yo la dejé correr. Lo hicimos dos veces más a la noche, antes de dormirnos profundamente.

A la mañana siguiente despertamos pero sin polvo “mañanero”, para mi pesar. Ella estaba empecinada en irse lo más pronto posible. Yo en tanto, solo quería que se quedara un poco más. Hablando de esto y de aquello, fuimos hablando de fantasías. Ella me contó una, a lo que yo le propuse cumplirla. Ese hecho, bien merece un relato aparte.




 


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