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Eran las siete de la mañana cuando el despertador sonó, despertando a Yolanda de un dulce sueño erótico en el que un hombre joven, pero con aires autoritarios, la azotaba en un austero y frío despacho, quitándole para ello buena parte de la ropa y dejando expuesto su trasero. Hacía algún tiempo que escenas en las que todo tipo de hombres y de todas las edades (con el común denominador de ser severos y autoritarios), la azotaban y humillaban de diferentes formas y en variopintas situaciones, danzaban por su mente, apareciéndose en sus ensoñaciones diurnas y en muchos de sus sueños también.
Hija única de papá rico, consentida y mimada, su infancia había sido como un lecho de rosas, sin preocupaciones, problemas y -nunca- castigos físicos; su padre, el Sr. Durand , era un poderoso e influyente hombre de negocios, respetado y temido por todos, por su fuerte carácter que asomaba incluso en la relación con su esposa, cuya grado de obediencia era tal que a veces bastaba una mirada de su esposo para hacerle bajar la cabeza. A pesar de eso, jamás vió a su padre maltratar a su madre, es más, siempre fue muy atento y cariñoso con ella...excepto aquella noche que Yolanda llegó a casa antes de lo previsto y oyó ruidos extraños provenientes de la habitación matrimonial.
La casa era grande, de dos plantas, y sus padres no podían haberla oído entrar, así que se acercó sigilosamente a la puerta, pegó el oído a ésta y lo que oyó la turbó e intrigó mayusculamente, pues parecía el golpear de algún tipo de instrumento sobre la carne desnuda. A los quince años si de algo anda sobrada una chica es de curiosidad, así que sintió la necesidad imperiosa de averiguar más.
Encima de la puerta había una pequeña ventana, por lo que se le ocurrió que la mejor forma de satisfacer su curiosidad era espiar a sus padres a través del cristal, para ello se hizo con un taburete y se subió a él. Lo que vio la dejó perpleja y, aunque no lo sabría hasta nueve años más tarde, marcó sus gustos erótico y -sexuales adultos. Su madre estaba totalmente desnuda en la cama, acostada de bruces en ella y con un cojín bajo el vientre que alzaba y ponía en evidencia una grupa de mujer madura, prominente y carnosa, pero con una firmeza que la convertía en envidia de sus amigas y objeto de deseo para sus respectivos esposos.
El respetable Sr. Durand estaba de pie a la izquierda de su madre, vestido completamente, y blandía amenazadoramente uno de sus cinturones doblado por la mitad. No sólo eso, ¡estaba azotando las nalgas de su mujer!, y a juzgar por el intenso color rojo de las marcas que cubrían sus expuestas redondeces, los azotes eran de verdad. Lo que terminó de asombrar a la joven fue que los gemidos de su mamá no eran sólo de dolor, ¡parecía estar gozando con la flagelación! Y por si le quedaba alguna duda, los ruidos que traspasaron la puerta cuando decidió marcharse -completamente turbada y confusa- a su habitación, no dejaban ningún margen de duda, el "castigo" había dejado paso a cosas mucho más íntimas.
El resto del día convivió con sus padres como de costumbre, nada comentó y no vió nada raro en ellos, salvo tal vez alguna sonrisa cómplice en la cena por parte de ambos y ciertos problemas de acomodo en la silla por parte de su madre. Pero la imagen no se le borraba del pensamiento, y aquella noche, en la cálida pero solitaria penumbra de su cuarto, Yolanda se masturbó y tuvo un intenso orgasmo.
Como suele suceder en estos casos, el recuerdo de tal escena no se borró de su memoria, permaneciendo escondido muchos años, y manifestándose de forma especialmente recurrente desde que había conocido a su nuevo jefe, apenas un año antes. Desde entonces era raro el día que no dedicara algún momento de relax en la oficina para construir castillos eróticos en el país de la imaginación, donde todo es posible. Mr. Thomas , su jefe, era el nuevo director de la empresa de cosméticos donde Yolanda trabajaba desde los 20 años, y ahora acababa de cumplir 24; aquél había ocupado el puesto del Sr. Pérez, un tipo de 50 años bastante desagradable y maleducado, por deseo expreso de los dueños de la patente Weiss and Stabler, conscientes de la necesidad de renovar la obsoleta e ineficaz cúpula directiva. El nuevo mandamás no tenía nada que ver con su antecesor, era elegante en su vestir y en sus modales, educado y cortés, sobretodo con las damas, joven (apenas acababa de cruzar la barrera de los cuarenta) pero con un aplomo y una autoridad que para sí querrían directivos mucho más experimentados.
Desde el día que tomó posesión de su cargo, Amanda se había sentido inevitablemente atraída por el magnetismo que emanaba de la persona de Mr. Thomas , además del hecho indiscutible de que le recordaba a su padre. De origen británico, el encantador Director solía ensalzar ante sus empleadas más jóvenes las virtudes de la disciplina y el orden, explicándoles que esa era una cualidad innata en él y sus paisanos, sabiamente transmitida de padres a hijos. Frecuentemente regañaba a sus subordinadas, y no era raro que le dijera a alguna que lo que necesitaba y merecía eran unos buenos azotes, como si fuera una chiquilla traviesa ("naughty girl" como decía en su perfecto inglés de Oxford).
Yolanda era especialmente sensible a estas amenazas, y el rubor que teñía sus mejillas al oirlas la delataba, cosa que en absoluto pasaba despercibida para su jefe, que incluso acompañaba las palabras con el clásico gesto de la mano oscilante con el que los adultos advertimos o amenazamos a una mocosa desobediente. Pero hasta la fecha nunca había pasado a la acción, cosa que Amanda empezaba a anhelar con fervor.
La fría mañana de otoño en la que finalmente se desencadenó la tempestad, Yolanda se vistió especialmente sexy, tanto por dentro como por fuera; no sabía exactamente qué ni cómo, pero quería extraer algo muy especial de lo más profundo de aquel hombre que había invadido su ser. Se duchó con un gel con aroma de rosas, hidrató bien toda la piel de su cuerpo y cara y se puso su mejor perfume, Chanel nº 5, en homenaje a su admirada Marilyn Monroe. Por supuesto ninguno de esos feos pantys que guardaba en su cajón y que poco o nada tenían de sexys, esta vez iba a estrenar esas preciosas medias de seda con costura que tanto trabajo le había costado encontrar, a pesar de vivir en una ciudad grande y cosmopolita como Barcelona, y para sujetarlas un bonito liguero violeta que le había regalado su ex-novio. Unas minúsculas braguitas a juego con el liguero y nada de sostén, sus menudos pero turgentes senos juveniles no lo precisaban, y se verían muy sugestivos bajo el satén de una camisa dorada; para completar una falda azul, tan corta que al sentarse mostraba el inicio de las medias. De su surtido zapatero eligió unas sandalias negras, con un tacón de once centímetros que le proporcionaba unos andares contoneantes poco menos que irresistibles.
Se maquilló ligeramente, pero poniendo especial atención en pintar sus labios de un intenso rojo pasión, el mismo color con el que vistió sus uñas perfectamente arregladas y así, seductoramente vestida para matar, salió de casa, cogió el deportivo azul que su papá le había regalado para su cumpleaños y se dirigió al trabajo.
Entró en el moderno edificio de 20 plantas con paso firme y decidido, como la mujer segura de sí misma que creía ser, subió al ascensor y se bajó en el piso número 15, sede de la Weiss & Stabler, dirigiéndose a su despacho sin encontrarse a nadie por el camino. Apenas había empezado a revisar sus asuntos pendientes cuando sonó el teléfono, era Mr. Thomas y le pedía (le ordenaba sería más exacto, aunque ella no percibió ese matiz en primera instancia) que se presentara ante él de inmediato. El tono de su voz era sereno y no denotaba enojo, pero algo le decía a Yolanda que no la llamaba precisamente para felicitarla, y eso que la joven ejecutiva seguía confiando firmemente en sus enormes capacidades y en su infalibilidad. Apenas 10 metros separaban ambos despachos, y los recorrió con paso ágil a pesar de la altura de sus tacones. Llamó a la puerta y su llamada fue contestada al cabo de algunos segundos que se le hicieron eternos sin saber porqué.
-Adelante! -dijo la voz varonil de su jefe. Y añadió un "siéntese" en cuanto Yolanda hubo cruzado la amplia pero algo fría (tal vez por su austera decoración) estancia.
-¿Le apetece un café, señorita Durand? –preguntó él señor Thomas. Y las sospechas de que algo andaba mal se hicieron más presentes en el cerebro de la muchacha, pues a pesar de ser su superior, aquel hombre solía tutearla y llamarla por su nombre de pila.
-No, gracias-respondió Yolanda cruzando sus largas piernas y mostrando sin darse cuenta la orilla de
sus medias.
- Oro Blue- Jovencita hasta hace muy poco su trabajo en esta empresa ha venido siendo más que satisfactorio, excelente diría yo, pero ya hace varias semanas que he observado un cambio en usted, y no para mejorar precisamente. Primero algunos errores en la redacción de sus informes, y no hablo de las faltas de ortografía, que también tienen su importancia, luego retrasos en la entrega de sus informes, y finalmente la gota que colma el vaso, ayer me llamaron de nuestra sucursal en Londres reclamando un informe que tenía que estar en su poder hace una semana, y esa era su exclusiva responsabilidad.
Yolanda no pudo evitar que un cierto rubor se mostrara en sus mejillas, pues sabía perfectamente que su superior tenía razón y que eso era una falta bastante grave, que podía afectar incluso al perfecto funcionamiento de la empresa. Y lo cierto es que últimamente acudía algo desmotivada al trabajo, falta de concentración, sin sus dotes organizativas y su eficacia habituales. Era como si necesitara algún tipo de incentivo para volver a ser la misma de antes, pero ignoraba qué podía ayudarla, ya que sus condiciones laborales y económicas hubieran hecho feliz a muchas mujeres.
-Tenga usted en cuenta -prosiguió Mr. Thomas - que está en juego el futuro de la empresa, por no hablar de mi cargo, y esas son dos cosas con las que NO puede jugar, de hecho NO voy a permitirlo.
La entonación que le dio a esas últimas palabras provocó una cierta inquietud en la chica, que no pudo evitar que un escalofrío recorriera su espalda, pero lo atribuyó a la baja temperatura reinante.
-En repetidas ocasiones le he dicho que tiende a comportarse como una chiquilla traviesa, hasta hoy sólo por su conducta alocada, pero ahora también por su falta de responsabilidad, y eso es mucho más grave. Me parece -estoy convencido de ello- que no es usted más que una niñita mimada, consentida en exceso por unos padres demasiado blandos. Seguro que de niña nunca le dieron una azotaina como Dios manda.
-Mis padres jamás me pusieron la mano encima -interrumpió la joven con aire ofendido e indignado-, no son unos bárbaros incivilizados como sus sádicos paisanos británicos.
-¡¡¡No me interrumpa cuando hablo!!! No he terminado, y no se crea que esto acabará con una simple bronca, pues no estoy dispuesto a tolerar conductas irresponsables como la suya, por muy buena que sea en su trabajo. Si quiere continuar en esta empresa, gozando de sus generosos emolumentos y de su libertad de acción, tendrá que aceptar ponerse bajo mi directa tutoría, como si fuera su padre y con todas las consecuencias que ello conlleva, incluso el derecho a castigarla "in loco parentis".
El primer pensamiento que tuvo Yolanda fue que aquel tipo estaba como una cabra, que no había necesitado de un padre autoritario cuando niña y menos lo necesitaba ahora de adulta, y que Mr. Thomas no podía obligarla a aceptar. Pero enseguida reflexionó y comprendió que estaba en sus manos, pues podía despedirla sin dar explicaciones a nadie, y no estaba dispuesta a renunciar al excelente puesto que ocupaba en la próspera empresa. Por otro lado, pensó, ¿que podría hacerle su jefe? ¿acaso darle unos azotes? Sería un loco si intentara tal cosa, no se atrevería. Lo peor que podía pasarle era que le rebajara el sueldo temporalmente, y ya se encargaría ella de recuperar su confianza
. Así pues, decidió aceptar.
- Muy bien, jovencita, como dicen ustedes "para muestra un botón", los errores se pagan, y el suyo no va a ser menos, su ineptitud y su irresponsabilidad necesitan un buen escarmiento. Voy a hacer algo que tenía que haber hecho su padre hace muchos años, voy a darle una buena azotaina.
La cara de Yolanda era para hacerle una foto, pues en ella se mezclaban sentimientos bien contradictorios; furia, incredulidad, vergüenza, excitación...todos ellos mezclados en su cerebro, que parecía una coctelera agitada por el mejor de los cantineros.
-¡No se atreva a ponerme una mano encima o se arrepentirá!- espetó a Mr. Thomas.
-Señorita, no está usted en condiciones de amenazarme, más bien al contrario, si la despido me encargaré de que nadie vuelva a contratarla, y sabe perfectamente que puedo hacerlo -dijo el directivo, al tiempo que se levantaba de su sillón de cuero y se dirigía al centro del despacho, agarrando una silla y sentándose en ella-. Ahora sea una buena niña, venga aquí, túmbese sobre mis piernas y acepte que merece unos buenos azotes.
El leve rubor de las mejillas de la joven se tornó en un sonrojo más que evidente, dudó unos instantes, pero finalmente toda sus murallas defensivas se desmoronaron y cedió, dirigiéndose cabizbaja y avergonzada hacia ese hombre de aspecto tan temible ahora. Se acostó resignadamente sobre su regazo e intentó relajarse en la medida de lo posible, pensando en que unos infantiles e inofensivos azotes no serían algo tan espantoso para una mujer hecha y derecha. Poco podía imaginar la tormenta que se iba a descargar en breve sobre su juvenil trasero.
Como buen ejecutivo, Mr. Thomas se mantenía en plena forma, gracias a sus sesiones de Pesas casi diarías, natación y ocasionales partidos de tenis con amigos o clientes, a los que casi siempre ganaba de calle. Debajo de su porte delgado y alto se escondía una musculatura de hierro, como iban a comprobar las nalgas de la azorada muchacha.
Colocó a Yolanda sobre sus rodillas, quedando ésta con las manos tocando el suelo y los pies en el aire, pues él era un hombre muy alto, de casi 1' 80, y ella una chica muy bien formada, pero que apenas pasaba de 1' 60; alisó y tensó la tela de algodón de la falda, marcando con claridad la perfecta curvatura de su grupa y procedió a palmear con derroche de energía su firme superficie, que apenas se hundía con la presión de su pesada mano. Durante varios minutos estuvo azotando con ritmo regular y acompasado a la pobre muchacha, que apenas protestaba y emitía ahogados quejidos; al fin y al cabo una infantil e inofensiva azotaina no era nada que fuera a quebrar su firme voluntad, y menos aplicada con el trasero protegido por la tela de una falda. Esto y el convencimiento (más bien vana esperanza) de que aquel hombre no iba a osar desnudarle las nalgas, le hicieron soportar estoicamente el castigo.
Pero su sorpresa fue mayúscula al sentir como su corta falda era levantada y doblada sobre su cintura, dejando a la vista su sensual ropa interior. Intentó escabullirse, pero el esfuerzo fue inútil por la férrea tenaza que sujetaba sus manos a la espalda. A la vista del nulo éxito de sus acciones, probó a pasar a las palabras:
-¡No se atreva a pegarme sin falda! ¡No es usted mi padre y mi padre jamás me pondría la mano encima! ¡Es usted un cerdo pervertido! ¡Si me vuelve a tocar le denuncio por acoso!
-Mira escuincla, te contesto por puntos. Voy a atreverme a eso y a más, como comprobarás en breve. Efectivamente no soy tu padre, pero casi podría serlo por edad y tú lo necesitas como el aire que respiras, precisamente porque tu padre no lo hizo cuando debía. El insulto "no comment", pero haré que te arrepientas de tal falta de respeto. Y finalmente no te atreverás a denunciar nada porque de hacerlo irás a dar de patitas a la calle. Así que cállate y compórtate como la mujer hecha y derecha que pretendes ser.
Dicho esto empezó a azotar de nuevo las hace poco ebúrneas nalgas, ahora semejantes a los hemisferios de un planeta rojo tal vez aún por descubrir, a juzgar por el área que asomaba por debajo de la satinada prenda que apenas alcanzaba a cubrir una tercera parte de su superficie. Alternaba una y otra nalga, con ritmo regular y con todas sus fuerzas -que no eran pocas- haciéndolas brincar a cada impacto y transmitiendo un movimiento ondulante al resto del cuerpo que recordaba al reptar de una serpiente. Los apagados quejidos de la joven fueron dejando paso a gritos desesperados, pero en absoluto audibles fuera del despacho. Igualmente, abundantes lágrimas empezaron a bañar el profundo mar azul de sus ojos, escribiendo húmedos surcos a través de sus mejillas y mentón. Pero nada de esto minó la voluntad de Mr. Thomas , decidido a darle una lección que difícilmente iba a olvidar. Fueron casi cinco minutos de severa azotaina que dejaron la parte expuesta de su anatomía ardiendo en llamas y con la piel tremendamente escocida. Y lo peor aún estaba por llegar, pues ni el más pesimista de sus temores le hizo imaginar que iba a ser azotada sin bragas, con las nalgas totalmente al aire, como pudo comprobar desesperada cuando notó los finos dedos de su jefe bajarr el elástico de la minúscula prenda y hacerla deslizar sin ningún problema hasta la mitad de sus torneados muslos.
- Well, well, well -dijo pausadamente Mr. Thomas -. You are a very naughty girl and you deserve a good old fashioned bare bottom spanking.
Por un momento algo parecido a una sensación de placer recorrió la columna vertebral de la joven, haciéndola estremecer. Por algún motivo desconocido para ella, esa descripción en inglés de lo que iba a ser su castigo, pronunciada por la cálida y sensual voz de un hombre cuya sola presencia la había turbado frecuentemente, le resultaba extrañamente placentero. La humillación, la vergüenza y el dolor empezaban a dejar paso a un sentir mucho más agradable, y para su total sorpresa su resistencia empezó a ser poco menos que simbólica.
Las palmadas fueron tiñendo de púrpura las perfectamente redondeadas nalgas, desde las caderas hasta el valle donde nacían -o quizás morían-, desde los riñones hasta el inicio de los muslos (y algunos centímetros más abajo, incluso con marcas amoratadas). El dolor era enorme, pero ni mucho menos insoportable, y el placer empezaba a humedecer su entrepierna irremediablemente, cosa que apercibió enseguida su castigador, ordenándole levantarse.
-Ok, Miss Yolanda . Ahora quiero que se quite la ropa, dejándo sólo el liguero y la medias, después colóquese detrás de la silla, apoye su cintura en el respaldo y las manos en el asiento. Y no se mueva hasta que yo la autorice a hacerlo.
Yolanda obedeció, temblorosa de dolor y de placer, siguiendo con la borrosa mirada de sus anegados ojos todos y cada uno de los precisos movimientos de aquel fascinante hombre. Y lo que vio no la tranquilizó precisamente. Se dirigió con paso ágil y decidido a su escritorio, extrayendo de uno de sus cajones una recia regla de madera de medio metro, según pudo comprobar la chica cuando la tuvo suficientemente cerca; por un momento se puso a pensar de donde habría sacado una regla de madera en el año 2000, pues tal material había dejado paso al plástico o al metal desde hacía ya varias décadas, pero no tuvo mucho tiempo para divagar, ya que en unos segundos tuvo a su patrón detrás de ella, contemplando atentamente todos los secretos de su anatomía posterior y deleitándose -o eso parecía- en el resultado de su labor disciplinaria, como pintor ante su obra maestra.
-Escúchame bien, niña malcriada . Vas a recibir cuarenta reglazos, fuertes, eso sí, y te van a doler mucho, pero procuraré no lastimarte más de lo necesario. Si te portas bien y no te mueves todo habrá terminado, habrás expiado tu grave falta, no volveremos a hablar de ello,y nadie sabrá de ello, como tampoco de lo ocurrido hoy aquí. Pero debes saber que a partir de ahora estarás bajo mi control y supervisión directos, aceptando castigos semejantes al recibido hoy cada vez que te equivoques, que yo crea que tu conducta lo amerita o -simplemente- porque yo lo estime necesario o conveniente. Por supuesto, estás a tiempo de renunciar a tu cargo y nunca más volveré a molestarte, ni siquiera sabrás de mí, pero si te quedas debes ser consciente de lo que te espera y de que seré especialmente exigente contigo.
Hizo una pausa para dejar reflexionar a la asustada muchacha, ahora más sorprendida que atemorizada, dándose perfecta cuenta del cambio en el tono de voz de Mr. Thomas y prosiguió:
- No quiero que me respondas ahora, sé que es mucho lo que pido y creo que aún no tienes las ideas bien claras. Medita sobre lo ocurrido, asimila las sensaciones contradictorias que se agolpan en tu cerebro y dame una respuesta sin precipitarte. Estaré esperando. Ahora inclínate y ofrece esas bonitas nalgas, a las caricias de la regla. ¿Preparada?
-Yes, sir- respondió, sorprendida, en inglés.
¡Zaaaaaaassss! El primer golpe atravesó de extremo a extremo las maltrechas posaderas, arrancando un aullido de dolor de la pobre chica, que no pudo evitar levantarse, apartándose de la silla.
-Yolandaaaaaaa....-la autoritaria voz del hombre la hizo reaccionar y asumir de nuevo la posición.
¡Zaaaaaaassss! Otro azote tremendamente lastimoso laceró la suave y cuidada piel, pero ahora Yolanda consiguió ahogar sus gritos. Igual que después del tercer azote, y del cuarto, tan sólo los cinco últimos, propinados con especial saña, rompieron su voluntad y su silencio, haciéndola estallar en desconsolado llanto al terminar la punición. Quedó llorando a todo pulmón, arrodillada en el gélido suelo, entre la silla y Mr. Yolanda, que la miraba sin decir nada.
Así pasaron varios minutos, hasta que él se acercó a ella, la abrazó fuertemente con un abrazo cálido y cariñoso a pesar de su fortaleza, y le dió un par de castos besos en las empapadas mejillas, casi tan coloradas como su trasero.
-Todo terminó, Yolanda, vístete, regresa a tu despacho y sigue con tu trabajo con normalidad. Hablaremos de esto mañana...si quieres, claro.
La muchacha se vistió apresuradamente, se secó los ojos, dio algunos retoques a su maquillaje y con la misma premura abandonó la estancia, caminando a pasos cortos pero ligeros hasta su despacho. Una vez allí cerró con seguro la puerta y se sentó en su sillón, no sin cierta dificultad debido al ardor que sentía en las asentaderas. Totalmente acalorada, dejó llevar su mente hasta parajes inhóspitos que jamás había visitado, dejándose llevar por sus fantasías de sumisión hasta ahora sublimadas o reprimidas, hasta el punto que su mano derecha se fue aproximando hasta su sexo empapado, dejando que los ágiles dedos jugaran con su pequeño montículo, fuente de tantos placeres casi siempre solitarios. Así, casi sin darse cuenta, tuvo un fenomenal orgasmo que recorrió como un latigazo todo su cuerpo, contrayéndolo en un espasmo salvaje que la dejó aturdida unos segundos.
En cuanto reaccionó, se dijo a si misma que no podía ser, que todo había sido un sueño, y con ese pensamiento danzando por su aturdida mente, terminó la jornada laboral, dirigiéndose a su casa directamente.
Entró en el cuarto de baño dispuesta a darse una ducha, pero no sin antes contemplar fascinada sus nalgas en el espejo. Su aspecto no era tan espantoso como podía suponer después de la paliza recibida, estaban, eso sí, aún enrojecidas, incluso afloraban algunos verdugones sensibles al tacto, pero nada que el agua tibia y una buena crema hidratante a base de aloe vera no pudieran remediar en poco tiempo. Abrió el grifo, regulando la temperatura del agua de modo que estuviera fresca pero no helada, y se dió una relajante a la par que acaraciante y calmante ducha, estremeciéndose cada vez que el guante de crin frotaba sus nalgas. Al salir se aplicó a conciencia una dosis más que generosa de crema que la dejó casi como nueva -siempre que no se sentara, claro-, se preparó una cena ligera y se acostó en la cama, quedándose dormida casi de inmediato.
Sus sueños fueron especialmente húmedos aquella noche y despertó empapada en sudor a pesar del frío otoñal. Desayunó un zumo de naranja y un yogur, se vistió y se fue a trabajar como de costumbre, aún sin haber decidido que respuesta dar a su jefe. Al abrir la puerta de su despacho la sorpresa fue mayúscula, había un enorme ramo de rosas rojas encima de su escritorio, a su lado una caja de bombones y en el ramo una nota escrita en inglés que decía:
¿Are you my loved naughty girl, darling?
Aquél fue el principio de una larga y apasionada relación de amor y dolor.
EL HECHICERO DE AVALON
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