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La luna de Hokkaido

Publicado por juanitocaminador el 17 de Feb, 2017


Para una bella Okama chan limeña,que tal vez nunca esté entre mis brazos, pero me inspiró este relato.

La nieve caía suave sobre Sapporo.
Eran las 10 de la noche, de una noche fría del temprano invierno de Hokkaido.
En la casa de los Watanabe, una bella y amplia casa en las afueras de la ciudad, rodeada de jardines y áreas de cultivo, sólo había luz en la habitación de Minoru, esa habitación que su padre había levantado con sus propias manos y había dotado de amplios ventanales al cuidado jardín, para que su hijo pudiera mirar la belleza del parque, de la luna y las estrellas.
No hacían falta más luces en la casa, Minoru vivía solo a pesar de sus escasos 21 años, su padre y su madre estaban de vacaciones en Matsushima cuando llegó el gran tsunami y los llevó con sus ancestros.
No tenía hermanos, así que la gran casa familiar quedó para él solo.


Seis meses después había asistido a una ceremonia en una jinjya de Sendai en recuerdo de los perecidos en el maremoto.
Allí estaba, con la misma soledad y congoja dentro.
Al principio una mirada discreta, mutua, luego una sonrisa y una reverencia formal, un pequeño diálogo sobre el motivo de estar ahí.
Feliz coincidencia, también era de Sapporo.
Regresaron juntos en el tren, conversando todo el tiempo de sus destinos y de sus soledades.


A partir de entonces, los emails fueron largos y diarios, los chats, las fotos, las conversaciones telefónicas, surgieron más felices coincidencias, llegaron las confesiones y las penas compartidas, pero Minoru no daba el siguiente paso.


No es que Minoru fuera inexperto, en la Universidad tenía mucho éxito con las chicas, su más de 1,75 de altura, su rostro con una pizca de occidental en la mirada, sus brazos y piernas fuertes, modelados por el trabajo en el campo, y su bien nutrida billetera, causaban furor entre las niñas más liberales de sus cursos y se había llevado a la cama a cuantas quiso.
Pero esta vez era diferente.


Al fin tomó valor y se encontraron un viernes en un tranquilo bar tradicional, las miradas ya eran diferentes, el tono de voz más intimista, pero apenas se animaron a un beso furtivo en el pequeño baño común del bar, un beso que en Minoru dejó una sensación especial, única, cálida.


La situación debía precipitarse.
Esa noche Minoru, como siempre corto en palabras, le escribió largo.
A las 4 de la mañana oprimió el "send" y se fue a dormir temblando.


A las 10 de la mañana de ese sábado llegó la respuesta en sólo 4 palabras: "yo también te amo".


Esa noche se verían.
Minoru pensó en la cena, liviana, un poco de sushi de delivery, un tempura de vegetales del gran invernadero, buen sake y purísima agua mineral del monte Fuji.


Llegó, se besaron tiernamente, pocas palabras, de la mano fueron al pequeño comedor tradicional y cenaron sentados en el piso.
Los nervios cerraban los labios, bloqueban las caricias.


Como rompiendo el cristal turbio que los separaba Minoru escuchó -Vete a tu cuarto, yo me preparo y te sigo.


Minoru, obediente, fue a su habitación, extendió el futón sobre el tatami, se desnudó por completo y se metió dentro.
A los 10 minutos comenzó a sonar suavemente una canción casi infantil: sakura,sakura, noyama mo sato mo, se abrió la puerta y una bellísima y grácil figura vestida con un Shiromoku (el kimono blanco de la boda de su madre) y una pequeña caja de laca negra con adornos dorados se enmarcó en la puerta.


Hizo la reverencia mayor, arrodillándose sobre el piso y llevando su cara hasta tocar el suelo.
Luego depositó a los pies del futón la cajita de laca.
Se incorporó y comenzó a danzar delicadamente como una verdadera geisha, al ritmo del sakura, sakura.
Minoru miraba, más conmovido que fascinado, el quería que esta noche fuera de amor purísimo, pero esto sobrepasaba todas sus fantasías.


Cuando la música finalizó, la bella geisha hizo una nueva reverencia y comenzó a desatar los lazos del kimono, no pudo dejar de sonrojarse y agachar la cabeza cuando su dulce cuerpo quedó a la vista de Minoru: sus mínimos pechitos de parados pezones, su vientre plano y suave, y su pene, largo, fino y dormido queríendose disimular aún entre los pliegues de la seda.
El kimono terminó de caer al piso y Kenji, que así se llamaba el delicado joven, volvió a arrodillarse en el piso, y luego de la reverencia tomó la cajita de laca negra.
Minoru aún no veía ese deseado manjar que anhelaba, apenas si pudo intuir las nacientes de sus nalgas cuando Kenji estaba en posición de reverencia.


-Ya ven, amor!- suplicó Minoru

Kenji se arrodilló al lado de Minoru y le ofreció la cajita de laca negra.
Minoru la abrió y con una apenas esbosada sonrisa descubrió su contenido: sobre la seda roja que forraba el interior de la caja había un plug anal de gel de pequeño tamaño y un tubo de crema lubricante.
Los tomó y los depositó al alcance de su mano.
Abrió el kakebutón blanquísimo que había comprado esa misma tarde y el desnudo cuerpo de Kenji se deslizó rápidamente entre sus frios pliegues a los brazos de Minoru.
Minoru lo tomó de la carita y comenzó a besarlo suavemente, Kenji temblaba como las hojas que la nieve mecía allí fuera de los ventanales, por donde la luna los espiaba escondida entre nubes para no alterar el secreto momento de los amantes.
Kenji se abrazó mas fuerte aún a Minoru, apoyó su mejilla contra la de Minoru y, mientras tibias lágrimas rodaban de sus ojos, le dijo al oído "Te amo, Minoru San" y, no sabiendo muy bien en qué género ubicarse, agregó "soy tuyo", pero superponiendo a esa "o", una mal disimulada "a".
Minoru la/lo abrazó fuertemente y le respondió mirándolo/a a los ojos y también entre lágrimas "Te amo Kenji, quiero que estemos juntos para siempre".


-Ya, hazme tuyo amor.
Y te juro que seré para siempre tuyo/a.


Las manos de Minoru bajaron a esas dos otras esquivas lunas que cerrarían su unión con Kenji.
Acarició su piel suave como seda, lampiña, virgen e impoluta.
Buscó el cerradísimo esfinter y sólo apoyó en él, suavemente, apenas rozando, la yema de su dedo índice.
Kenji gimió, su virginal culito recibía la primer caricia de su vida, en sus cortos 19 años no había conocido hombres ni mujeres.


Minoru quitó completamente el cobertor y acomodó de espaldas a su chico en el centro del futón.
Miró su delicado cuerpo, su mirada avergonzada, su dormido pene, curiosamente delgado para su considerable largo, acarició sus piernas, y con mucho cuidado se las flexionó y separó.
Arrodillado a su lado, apenas con la yema de sus dedos comenzó a acariciarlo, desde el cuello hasta la cadera, teniendo cuidado de ni siquiera rozar su pubis, sus dedos llegaban hasta el comienzo del vello genital, se demoraban en su bordes y volvían a subir.
Kenji gemía suave, curiosamente agudo para su abaritonada voz normal.
Su cuerpo era como un koto que sonaba en gemidos cuando Minoru lo tañía.
Mientras la mano izquierda de Minoru seguía haciendo vibrar sus cuerdas, la derecha comenzó a depositar lubricante en su esfinter.
Se detuvo.
Fue a sus labios, primero rozándolos con sus dedos, luego lo besó con suavidad extrema, su lengua moviéndose lentamente en busca de la de Kenji.


-Ya, amor, prepárate, relájate- Minoru se incorporó sobre sus rodillas.
Kenji Intentó relajarse.
Por primera vez se atrevió a mirar el pene de Minoru, le dio un poco de miedo, cómo iba a poder recibir dentro de él, ese inmenso trozo de carne? Minoru, que le estaba metiendo la punta del dedo lubricado en el culito sintió cómo Kenji se fruncía.
Volvió a besarlo y acariciarlo hasta sentir que el ano de Kenji se aflojaba.
Tomó entonces el plug anal, lo lubricó abundamente y con movimientos amplios, casi ritualmente, apoyó la punta del plug en el cerrado esfínter de Kenji y suavemente se lo comenzó a introducir.
Kenji aguantó el grito, cerró los ojos y tomó fuertemente la mano libre de su otoko.
Minoru, sabio en delicadezas, se detuvo y reanudó sus besos y caricias en todo el cuerpo, con sus labios besó cuello, besó pezones, besó vientre y recorrió una y otra vez la piel de seda de Kenji, mientras su mano derecha con fuerza apenas perceptible, seguía introduciendo el plug en el culito de Kenji, hasta que quedó firmente clavado en su interior.


Volvió a recostarse a su lado y siguieron las palabras dulces, las caricias y las promesas de amor eterno.
La pija de Minoru ya estaba dura y apretaba contra la pancita de Kenji, la de Kenji seguía completamente dormida,como si no existiera, como si fuera un accesorio innecesario.
Sentía Kenji una extraña y algo dolorosa sensación en el culito, pero de a poco se fue acostumbrando al inquilino, y al final sólo lo sentía cuando se movía o cuando por alguna caricia especial de Minoru, se le fruncía el esfinter.


Ya era tiempo, luego de un beso intensísimo y profundo, Minoru se incorporó, puso a Kenji boca abajo, acomodó sus piernas a ambos costados y comenzó a recorrer con besos suaves toda la columna de Kenji, desde la base del cuello hasta el comienzo de su culito, besó delicadamente sus nalgas y retiró el plug anal muy despacito.
Kenji, en las nubes con los besos, no pudo dejar de sentir ese feo disconfort producido por la salida del plug, pero luego comenzó a sentir una rara sensación de vacío, como si a su culo le faltara algo y una gran necesidad de que le volvieran a llenar el vacío.


La pija de Minoru no necesitaba paja, la sola vista del culito abierto de Kenji lo ponía a mil y el deseo porque ese chico al que amaba fuera suyo hacía el resto.
Había llegado el momento de desflorar a su mujer.
Desflorar?, quitar la flor? Si, pero la flor del culito de Kenji caería como la flor del cerezo, sin marchitarse, bella y llena de significado, entregada por amor, no mancillada sin honor por el puro deseo carnal.
Minoru sintió la necesidad de hacer una reverencia sobre ese bello cuerpo que se le entregaba, luego apoyó su glande en el esfinter de Kenji.
La tibieza del glande puso a Kenji a temblar de emoción.
Minoru dio su primer, pequeño empujón.
Kenji gimió, ya no de placer sino de dolor.
La pija de Minoru era bastante más gruesa que el plug.
Minoru se detuvo, se la sacó.
Kenji giró la cabeza -hazme tuyo amor, no importa si lloro, no importa si me duele.
Minoru besó a su valiente chiquito.
Esta vez no se detuvo, luego de lubricarlo nuevamente clavó su grueso glande en el ojetito de Kenji y siguió avanzando, Kenji gemía y entre lágrimas rogaba -por favor sigue mi amor-.
Cuando su tronco quedó completamente dentro del chico, Minoru se tendió sobre la espalda del nene y quedó en silencio.
El dolor de a poco fue cediendo.
Kenji ya no sufría, sólo sentía esa extraña sensación que le transmitía la carne tibia de Minoru dentro de su culito.


Minoru arrancó un mete y saca cortito suave, medido.
Kenji al principio sentía raro, como con ganas de defecar, pero a medida que su culito se fue dilantando y mojando, el mete y saca le comenzaba a generar una sensación muy especial, algo que por supuesto nunca había sentido, como una suave electricidad que inundaba su esfinter y subía, curiosamente sin tocar sus genitales, hasta su ombligo, una sensación única, que lo llenaba de gozo y felicidad.
Minoru hizo el mete y saca más largo y ya Kenji no pudo seguir mudo, su primer ahh, le sacó una sonrisa al concentrado Minoru, su primer mmmm, llenó de felicidad su corazón.
Pasó sus brazos por debajo del cuerpo de Kenji y con su cuerpo completamente apoyado sobre la espalda de Kenji, comenzó a besarle, entre gemidos, el cuello y el lóbulo de la oreja.


Kenji pensaba, qué estoy sintiendo?, es tan bello!, me siento en una nube.
Pensaba en su padre, que no entendía, pensaba en su madre, que sabía, comprendía y consolaba, pensaba en ese profesor de la secundaria que fue su primer amor, jamás confesado, jamás vivido, pero que terminó de hacerlo dar cuenta de su homosexualidad, pensaba en sus queridas amigas, algunas lo sabían, y en la sana envidia que sentía de sus pechos o de sus conchitas que las hacían deseables a los hombres y que terminaron de hacerlo dar cuenta que él, más que "gay", era una nena por dentro, aunque no fuera afeminado.
Y ahora, sin conchita, o tal vez con una conchita devenida en culito, un bello hombre, un chico por el que sentía mucho más que simple deseo, le estaba haciendo el amor, lo estaba penetrando, lo estaba cogiendo, y descubría que eso que sólo había imaginado hasta entonces, era más bello que lo que había fantaseado!

Minoru pensaba, qué estoy viviendo?, es tan bello!, me siento en una nube.
Pensaba en todas sus fugaces novias, comparaba, nunca, ni con la bellísima y dulce Ume, había logrado sentir algo más que un cierto placer animal.
Y ahora con este chico, un chico!, sentía una felicidad y una paz que lo llenaban completamente.
Pensaba en sus padres, lo hubieran entendido? Oto san habría siquiera imaginado que sobre esos tatamis, que él mismo habia puesto para que su hijo jugara mientras la luna lo cuidaba a través de los ventanales, su primogénito y único hijo estaría descubriendo su homosexualidad sobre las dos blancas lunas del culito de un bello muchacho? Mejor no pensar más, la tibia espalda de Kenji, el pequeño fuego que nacía de su culito, lo devolvieron al presente, se apretó más sobre su amado y sólo se dedicó a sentir lo que su cuerpo le transmitía.
Y lo que los cuerpos se transmitían era tan intenso, la energía que manaba de esa unión, de esa fusión entre el virginal culito de Kenji y su ardiente pija los llenaba tanto que los dos deseaban que los relojes se detuvieran y que ese instante durara para siempre.

Fue largo, pero a la media hora de subir y bajar acompasadamente, de besar, de compartir gemidos, de chapoteo de jugos compartidos, de concha mojada, de pija devenida en fuente inagotable de preseminal, Minoru sintió llegar su semen y sus gemidos se convirtieron casi en gritos, Kenji sintió llegar el semen de Minoru, su culito, aunque dilatadísimo, sintió cómo la pija de su amado se engrosaba, cerró los ojos y llevó toda su atención a su culito, percibió los estertores de ese palo maravilloso y la calma que sobrevino.
Luego la habitación quedó en silencio, sólo la respiración agitada de Minoru se elevaba sobre el delicado sonido de la nieve contra la ventana.
Unos instantes después, sintió nacer un tibio manantial debajo de su ombligo, su sensibilidad era tal que podía sentir la leche de Minoru dentro suyo, la sensación en su pancita se convirtió en suave fuego que se expandió a toda su pelvis, como si un pequeño sol hubiera anidado dentro de él y lo llenara de vida, de vida luminosa y eterna.
Manaron lágrimas de sus ojos, unas pocas.
Su cuerpo le confirmaba lo que su corazón le había dictado, se sentía plenamente mujer, mujer de Minoru, para siempre.


Minoru se quedó en silencio sobre la espalda de Kenji, relajado, feliz como nunca había sido, su cuerpo le confirmaba lo que su corazón le había dictado, era homosexual, y no deseaba más que vivir junto a Kenji, ese putito delicioso que le había hecho caer todas sus barreras, todas sus defensas culturales de macho alfa.
Su pija se fue durmiendo de a poco hasta que abandonó el culito de su amado.
Se bajó, se abrazaron en silencio, acariciándose mutuamente y en minutos se quedaron dormidos.


A alguna hora de la noche, Kenji se despertó.
Ver a Minoru durmiendo a su lado le sacó una sonrisa.
Se incorporó para ir al baño.
Qué raro sentía su culito!, caminó despacio para apreciar esa sensación de apertura, de cremosidad en cada movimiento, era raro tener el culo roto.
Volvió enseguida a la tibieza del futón, la noche estaba muy fría, donde su amor seguía durmiendo plácidamente.
Su mano, curiosa, fue al encuentro de la pija de Minoru, la recorrió despacio con la yema de sus dedos, la rodeó, la acarició, recordó las sensaciones que esa pija había sembrado en su culito y le dieron ganas de volver a tenerla dentro.
Comenzó a pajearla despacito, disfrutando de cada detalle de la erección que estaba provocando, Minoru gimió, Kenji se asustó, retiró su mano, qué pensaría Minoru de él? Su amor seguía durmiendo, sería mejor imitarlo.


El fuerte reflejo del sol sobre la nieve lo despertó.
A través de la puerta abierta del cuarto pudo ver a Minoru, vestido con una yukata negra, canturreando en la cocina, desde donde llegaba el olor a la sopa de miso y al te verde.
Al pie del futón vio una yukata roja, prolijamente doblada.
Se la puso, y sintiendo al caminar el culito aún abierto fue al encuentro de Minoru.
Lo abrazó por detrás.


Minoru se dio vuelta, así parados la cabeza de Kenji llegaba a su pecho, y luego de un suave beso lo saludó con un "ohaio gozaimasu Yukiko chan", Yukiko?, eso era un nombre de mujer!, y muy significativo: niña de la felicidad!, niña de la alegría! Acaso Minoru había leído su corazón? Kenji pasó al olvido, aceptó con emoción su nuevo nombre.
De ahora en más, para su Minoru san, ella sería Yukiko chan.
No dijo nada, pero el fuerte abrazo y las lágrimas fueron más que suficiente para que Minoru entendiera.
Le levantó la carita y lo besó, y lo volvió a besar, y lo volvió a besar, y cada beso animaba un poco más su pija.
Desanudó la yukata, tomó a Yukiko de las nalgas y lo levantó.
El sólo sentir la suavidad de las nalgas de Yukiko en sus manos fue suficiente para que su pija se pusiera a mil.
Yukiko se colgó de su cuello y rodeó su cintura con sus piernas.

En esa posición la llevó a la mesa de la cocina y la depositó suavemente, con su culito al borde de la mesa y sus piernas arriba.
Miró en derredor y encontró la botella de aceite, le metió un dedito aceitado en el ojetito y luego se untó con ese aceite de cocina su pija dura y sedienta de la carne de su nena.
Yukiko levantó la cabeza y pudo ver cómo el glande de su Minoru se perdía dentro de su cuerpo.
Dolía, si, pero mucho menos.

Además, no era lo mismo sentir que VER y sentir, no era sólo esa deliciosa sensación que nacía de su esfinter devenido en vagina sino ver la pija de su amado entrando en él, era muy intenso, tan intenso que su pene que nunca había dado señales de vida, comenzó a levantarse.
Yukiko-Kenji hacía meses que no se masturbaba, ya creía que su pene era simplemente esa cosa para hacer pis; en el último año solamente había expulsado algo de semen en algún sueño húmedo, cuando se despertaba luego de haber soñado con su profesor, con el calzoncillo mojado.

Y ahora su pija cobraba vida! Minoru lo notó y se la comenzó a acariciar y pajear despacito mientras su cadera embestía sin piedad su culito que ya había lubricado abundantemente y hacían de cada embestida una inyección de placer.
Los dos gemían, los dos gozaban y se miraban ya no con sólo amor sino con un inmenso morbo.
Minoru, enloquecido, era un furibundo ariete destrozando la puerta de ese castillo cultural que era la innata pero no deseada virilidad de su amado, pulverizando cualquier rastro de macho que aún quedara en Yukiko.
La pija de Yukiko, ironía de su ambiguo ser, dura como jamás había estado, comenzaba a rezumar líquido preseminal.


Dos gritos se confundieron en la pequeña cocina, el de Yukiko al eyacular una impresionante cantidad de semen, y el de Minoru, que impulsado con las contracciones del esfinter de su amada al eyacular, no pudo contener su leche e inundó por segunda vez la vagina de Yukiko.
En el vientre de Yukiko estallaron dos soles que con su calor inundaron todos los rincones de su cuerpo, toda su energía cósmica acumulada y toda la energía de su hombre en su ser, creía que se iba a desmayar de placer, levantó lo ojos y se cruzó con la mirada de amor de Minoru, que lo seguía bombeando pero ahora despacito y que lo hizo bajar de a poco del éxtasis en el que estaba.
Charcos de semen mojaban su pecho, cubrían el esternón como una laguna y bajaban por su cuello.


Minoru, feliz de ver el placer en la cara de su chico, casi sin pensarlo, sólo por sentimiento, le sacó la verga despacito, se inclinó sobre el gran charco de semen del pecho y comenzó a lamerlo, así como su semen estaba dentro de Yukiko, el semen de Yukiko debía estar dentro suyo, la energía y el poder de su amor no debía irse por el inodoro, debían habitar en él, como la de él ya habitaba en Yukiko.
Yukiko pensó en apartarlo, pero cuando vio la cara de gozo y la mirada de amor de su esposo sintió curiosidad y quiso también probar su semen.
Minoru apartó su mano pero, entendiendo su deseo, dejó de lamerlo y con sus labios y su boca llenos del blanco manjar lo besó para compartirle esa leche y luego susurrarle al oido que esa noche le daría de beber la suya.


Ese domingo los chicos no salieron del futón, salvo para comer o beber algo ligero.
El culito de Yukiko, convertido para siempre en vagina de hombre, fue feliz una y otra vez y una y otra vez llenó de placer a Minoru.


El lunes, en la camioneta de Minoru fueron a buscar los objetos personales de Yukiko a su departamento en un suburbio cercano al centro de Sapporo.


Para los vecinos de Minoru, Kenji, el amigo que compartía la casa con Minoru, se fue convirtiendo en una figura común.
Los veían juntos sobre el pequeño tractor, juntos recogiendo los vegetales del invernáculo, juntos comprando cosas en el supermercado.
Kenji san se convirtió en uno más del barrio y por su amable carácter, se fue haciendo querer por todos.
Los vecinos estaban felices porque ya Minoru no estaba solo, que tuviera un amigo que lo ayudara.

Claro, en su inocencia provinciana, no pasaba siquiera por su imaginación que Kenji y Minoru fueran otra cosa distinta que amigos, no podían imaginarse que en ese cuarto de amplios ventanales, Kenji, devenido en Yukiko le ofrecía su amor a Minoru todas las tardes y todas las noches.
Sólo la bella luna de Hokkaido lo sabe, pero la luna es una amiga muy discreta.



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