Relatos Eroticos - Incestos En Familia: UNA LINDA HISTORIA 4 (segunda parte)
    

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Relatos Eroticos Incestos En Familia


UNA LINDA HISTORIA 4 (segunda parte)

Publicado por memito el 12 de Feb, 2018
revisado por: SexoSinTabues Relatos Eroticos


es la continuacion del cap 4

¿Notas como te desnuda con la mirada?

“La verdad es que noto su intensidad.
No sé si me está desnudando o imaginando haciendo otra cosa, pero si noto perfectamente la fuerza de su mirada.


Bien, progresamos a buen ritmo.


Maby regresa del lavabo, sola.
Pregunto por mi hermana.


― Se ha encontrado a Sadhiva al salir del baño.
Nos ha presentado a sus amigos y Pam se ha quedado charlando.
Esa tía no me cae mal, pero sus amigos son unos plastas.
Prefiero aferrarme a ti – me dice, abrazándome y colocando su cabecita sobre mi pecho.


La mujer acodada en la barra se envara al distinguir a Maby.
Interesante.


― Tengo ganas de jugar contigo – me susurra Maby.


― Y yo, niña.


― ¿Niña? ¿Te parezco una niña?

― Si, por eso me gustas.
Una niña traviesa.


― Entonces vale – y me besa con pasión.


Me retiro.
No he respondido a su beso, aunque tampoco lo he rechazado.


― ¿Qué pasa?

― No creo que sea lo más idóneo.
Deberíamos esperar a Pam.


― Bueno, no hace falta.
Ahí viene – señala Maby.


Pam sonríe, toma su vaso y le da un buen trago.


― Creo que deberíamos hablar de otra regla – empiezo.


― La de si debemos estar los tres para tener relaciones o bien dos pueden empezar hasta que se una el tercero.
¿Es esa? – suelta mi hermana.


― Si, la has definido bien.
¿Estás molesta?

― Puede.


― ¿Por un beso? – se asombra Maby.


― Hoy puede ser un beso, mañana otra cosa.


― Que sepas que Sergi me ha retirado su boca y ha planteado la duda – aclara Maby.


― Pero tú has empezado a besarle…

― Basta – las corto rápidamente.
– Nada de celos.
Se supone que somos un trío.
Debemos compartir, esa es la idea de un trío.


― Tienes razón – se disculpa mi hermana.
– Me he dejado llevar.


― Creo que deberíamos estar siempre los tres – expone Maby.


― Si, es lo suyo, excepto que tengamos que actuar de otra forma.


― ¿Ejemplo? – pido yo.


― Pues, digamos, en la granja.
Si las dos subimos al desván, pueden escucharnos – explica Pam.


― Podría subir una y después la otra.
De esa forma, una de nosotras controlaría las escaleras – aporta Maby.


― Si, es una buena idea.
Entonces, podríamos resumirlo así: nuestras relaciones constituyen un trío permanente, salvo en el caso que, por motivos de seguridad y con el consentimiento de los demás, el trío deba convertirse en un dúo temporal o por turnos – Pam está inspirada, parece toda una abogada.


Brindamos por la cuarta norma y decidimos marcharnos de allí.
Cuatro normas en nuestro primer día son suficientes, y eso que solo nos hemos besado.
Siento que mis chicas están ardiendo y quieren bailar.


Hablar de La Pirámide es hablar de la noche, por excelencia, en Salamanca.
En una pequeña ciudad, dedicada a las artes y la enseñanza, como esta, el público nocturno es bastante joven y, para más INRI, intelectual y exigente.
La mayoría de los estudiantes universitarios de Salamanca manejan dinero, sea de sus familias, sea su cuenta becaria, o porque trabaja y estudia, a la misma vez.
Salamanca es un destino muy elegido para estudiantes de todas partes de Europa, por lo que, a veces, esto se convierte en una pequeña Babel.


Toda esa masa de gente, de potenciales clientes, pasa, al menos una vez al mes, por las salas de La Pirámide, para bailar, ligar, asistir a un show, o, simplemente, deambular bajo su piramidión y admirar toda su decoración egipcia.


La Pirámide se nutre de mano de obra universitaria.
Chicos y chicas trabajando en sus barras.
Chicos y chicas actuando en sus plataformas.
Todos vestidos con ropajes seudo egipcios y fantasiosos.


Allí es donde llevo a las chicas.


¿Cómo sé que ese sitio existe? Fácil.
La disco mantiene un programa en la radio local.
Pasa su música y anuncia sus espectáculos y sus noches temáticas.
A veces escucho el programa cuando trabajo con el tractor.


Esta debe de ser una de esas noches temáticas porque la cola da la vuelta a la vieja fábrica sobre la que se erige La Pirámide.
Dios, no vamos a entrar nunca.


― ¿Cómo en Barcelona? – propone mi hermana a Maby.


― Si, podría resultar.
Sergi, tú te quedas a dos pasos detrás de nosotras, muy atento.


― Ponte esto en la oreja – Pam saca del bolso el auricular de su móvil.
– Así, por detrás de la oreja.
Creo que dará el pego.


― Pues vamos, hagamos de divas – se ríe Maby, quitándose su impermeable y colgándolo a su espalda de un dedo, como si estuviera en la pasarela.
Su corpiño destaca poderosamente bajo la ropa oscura.


Pam la imita, pero no se quita el abrigo, sino que lo baja de los hombros, dejando estos desnudos.
Comienzan a caminar, repiqueteando poderosamente los tacones, para que la gente de la larga fila las mire.
Me sumerjo cómodamente en la comedia.
Son diabólicas.
Ellas son las divas, yo el hermético guardaespaldas que las acompaña de fiesta.
Adelantamos todos los puestos de la fila y ellas se detienen ante los dos robustos porteros, con una pose de caderas y una sonrisa ladina, charlando entre ellas insustancialmente.
Su postura indica que están esperando algo que dan por hecho, de lo que no tienen que preocuparse en absoluto.
Me quedo estático, justo detrás de ellas, separándolas de la gente que protesta por su osadía.
Los porteros me miran.
Soy más alto que ellos.
Entonces, Pam se gira hacia los dos hombres y con una sensual caída de su mano, dice:

― Don Miguel nos está esperando – recompensa al hombre con una preciosa sonrisa.


Veo la mirada que se lanzan los matones y su leve asentimiento.
Se apartan y pasamos.
A nuestras espaldas, la gente silba, descontenta.


― ¿Quién es don Miguel? – pregunto a Pam.


― No sé, pero siempre hay un Miguel o un José.
Cuestión de suerte.
Lo que importa es la actitud.


Maby suelta una carcajada y cruzamos las puertas.


¡Que peligro tienen estas dos sueltas!

Las chicas dejan sus abrigos en el guardarropa.
El local está a reventar.
Ya se palpa en el ambiente que todo el mundo espera las fiestas.
La música me atraviesa como algo físico.
Maby alza los brazos y contonea sus caderas con sensualidad, acoplándose al ritmo de la música.


― ¿Bailamos? – pregunta casi en un grito.


― Antes tengo que ir al baño – contesta Pam.


Cierto, yo también.
Con mi estatura, diviso donde están los baños y nos dirigimos allí.
En el baño de caballeros, hay varios tipos haraganeando en el interior, entrando y saliendo de una de las cabinas individuales.
Me miran susceptiblemente.
Les ignoro, tengo más prisa en desaguar.
Así que me concentro en lo mío.
Ellos hacen lo mismo.
Seguramente, estarán liados, esnifando coca.
Allá ellos.
Acabo y salgo.
Las chicas aún no han salido del baño de damas.
Cuando lo hacen, compruebo que también han retocado su maquillaje.
Pam me quita el auricular del oído y hace que me lo guarde en el bolsillo.


― Asume lo que en realidad eres – me dice.


Se cuelga de mi brazo.
Maby la abraza por la espalda para escuchar lo que me dice.


― ¿Qué soy?

― Nuestro amante.
El único que nos va a follar esta noche – y da un mordisco al aire.


― ¡A la pista de baile! – exclama su amiga, arrastrándola.


Yo no bailo.
Jamás he bailado, pero las sigo, pues quiero verlas.
El gran espacio circular del centro de La Pirámide está colapsado por una masa de gente que baila.
En otros rincones despejados, también se baila, algo más alejado de los potentes altavoces.
Hay pequeños palcos a unos cinco metros de altura, pegados a las inclinadas paredes falsas que simulan los gruesos muros de una pirámide.
Largas escaleras metálicas acceden a ellos, en donde se reúnen diversos grupos, charlando o besándose ávidamente.
Una plataforma rectangular, en la cabecera de la pista, sostiene a un grupo de gogos, apenas vestidas.
Las chicas no se han adentrado en la pista, seguramente para que pueda verlas.
Se mueven bien, pero aún no se han desinhibido.
Para eso, necesitan unas copas.


Así que me acerco a la barra más cercana.
Una bonita muñeca oriental me atiende enseguida.
Tengo que inclinar la cabeza para que pueda oírme y ella parece aspirarme, por un segundo.
Sé lo que beben mis chicas, yo me conformo con una Coca Light.
La camarera pasa un lápiz óptico por la tarjeta que nos han dado al entrar.
Aquí no se va nadie sin pagar, desde luego.


Intento no derramar nada al llevar las bebidas.
La gente me deja paso, más que nada para no recibir un pisotón de un 47 con una bota con refuerzos metálicos.
Maby y Pam me dan un piquito al verme con sus bebidas, y me hacen un sitio para que baile con ellas.
Yo agito la mano, negándome.
Los tíos cercanos me miran con suspicacia y se retraen algo, pero no mucho.
Las chicas están adquiriendo rápidamente admiradores.


La verdad es que ver esos adorables culitos contonearse es todo un placer.
Más de uno está literalmente babeando.
Maby tira de la mano de mi hermana y se me acercan.


― Esto se ha vaciado – agita su vaso ante mí.
– ¡Vamos a por unos chupitos!

― ¡¡Si!! – grita Pam, cogiéndome del otro brazo.


Nos hacemos un hueco en una de las barras.
Otra distinta a la de la chinita.
Maby pesca un camarero.


― Dos chupitos de Bourbon y uno sin alcohol, guapo.


El chico no tarda nada en ponerlos.
Le paso la tarjeta y le indico que anote otras dos rondas más.
Brindamos y bebemos al golpe.
El camarero vuelve a llenar.


Cuando las chicas regresan a la pista, con nuevas copas en las manos, ya están desatadas.
Junto con la mayoría de machos, las contemplo moverse lánguidamente, levantando la libido de cuantos las rodean, incluso de muchas chicas.
Pam gusta de bailar con movimientos lentos, contoneando sus caderas, flexionando las piernas.
Sus manos delinean su figura, una y otra vez.
Creo que sería una estupenda stripper.
Maby, en cambio, es más dinámica.
Realiza complicadas musarañas en el aire con sus brazos y manos; contonea todo su cuerpo e incluso lo hace vibrar.
Tiene menos caderas que mi hermana, pero agita su cuerpo como un terremoto.


Sonrío cuando sus cuerpos se pegan, frotándose con pasión.
Cada vez más gente las mira, atraídos por el mensaje de sus cuerpos.
Una cadera que roza una pelvis, dos nalgas que chocan, un pubis que se frota largamente contra unos glúteos apretados, mientras unos brazos abarcan y aprietan una cintura, o bien dos senos que se rozan con intención, deseando estar desnudos al hacerlo.
Es cuanto todos queremos ver y lo que ellas desean transmitir.


Numerosos voluntarios surgen a su alrededor, dispuestos a bailar de esa forma con ellas.
Virtuosos bailarines las retan con sus elaborados contoneos, pero ellas no ceden.
Cuanto más las interrumpen, más se miran a los ojos, hasta que, al final, ya no separan las miradas.
Maby acaba pasando sus brazos por el cuello de mi hermana y su baile se convierte en algo suave, lánguido y turgente, que no tiene nada que ver con la música que suena.
Inconscientemente, los hombres han dejado de bailar a su alrededor.
Están pendientes de lo que significa ese abrazo entre hembras.
Noto la tensión sexual flotar en el aire.


Han excitados a todos los hombres que las miran.
Están empalmados.


“Lo sé.
” Aún me mantenía tranquilo porque, en el fondo, sabía que esto iba a suceder.
No puedes abrir la caja de Pandora sin que acabe salpicándote, ¿no?

Pamela y Maby empiezan a comerse la boca, ante todo el mundo, abrazadas.
Lo hacen con mucha delicadeza, sin prisas, mostrando perfectamente sus lenguas.
Unas lenguas que entran y salen, que son succionadas, aspiradas, y mordidas; que brillan bajo los estroboscópicos focos, que prometen suavidad y dulzura.
Esos besos serán recordados por mucho tiempo,

Pero también veo muchos rostros desencantados, labios que modulan palabras que no necesito escuchar para entender.


Tortilleras, bolleras, lesbianas…

Es hora de mojarme.
Dejo mi vaso vacío sobre uno de los altavoces y me adentro en la pista, con valentía, conciente que, en segundos, todo el mundo va a estar pendiente de mí.
Ellas me ven llegar y abren su abrazo para incluirme en él.
Mis brazos abarcan sus hombros con facilidad.
Posan sus lindas mejillas sobre mi pecho, el cual podría abarcar aún otra como ellas.
Beso ambas cabelleras.
Seguro que ahora hay tíos que me maldicen y se mordisquean los puños.
¡Esto es genial!

Les doy la puntilla.
Levanto, con un dedo, el rostro de mi hermana.
En sus ojos, leo la total aceptación de nuestra condición.
Beso dulcemente sus labios, sabiendo que Maby nos está mirando, sin levantar la cabeza de mi pecho.
Tras casi un minuto, abandono sus labios para apresar la boca de Maby, que ya me busca con urgencia.
Saboreo el alcohol en ambas bocas y decido que ya es suficiente exhibición.
Aún abrazadas a mí, las sacó de la pista.
Pido unas copas nuevas y le pregunto al camarero sobre los palcos.
Normalmente, hay que reservarlos al principio de la noche, pero, a estas horas, el que se queda vacío puede ser ocupado, con una mínima consumición de treinta o cuarenta euros

Le paso la tarjeta y conduzco a mis chicas hasta uno de los palcos, donde un camarero está recogiendo vasos y botellas.


― Esta es una de las mejores noches de mi vida – dice Pam, mientras nos sentamos en un cómodo sofá de oscuro cuero.
Yo en medio, ellas a cada lado.


― Siento algo muy fuerte en el pecho – jadea Maby.


― ¿Te está dando un ataque? – bromeo.


― No, tonto – se ríe.
– Lo siento cuando os miro… nunca he tenido una familia, un vínculo con alguien que me importara… sois mi primer vínculo, mi familia, mis amantes…

― Oooh… que bonito, Maby – la toma de los hombros mi hermana.
Las dos quedan casi tumbadas sobre mi regazo.


― Te comería toda entera, aquí mismo – proclama Maby.


― Pues como no le pongan cortinas a esto – digo yo y las dos se ríen.


― Te hemos tenido abandonado, Sergi – se acaramela Pam, echándome los brazos al cuello.


― No creáis.
Me he divertido mucho con el espectáculo.


― ¿Espectáculo? – frunce el ceño Maby.


― Si, el show lésbico en la pista.
Muy bueno.
Por poco os violan los tíos que estaban a vuestro lado.


― ¡Dios! ¡Ni nos hemos dado cuenta! – se lleva Pam una mano a la boca.


― ¿Por qué creéis que os he sacado de la pista?

― ¿Por qué estabas empalmado, cariñín? – bromea Maby, llevando su manita en busca de mi pene.


― Va a ser que no, porque ya me esperaba algo de eso.
Pero os tenía que sacar de allí antes de que se organizara algún lío.


― Tendremos que refrenarnos un poco en público – reconoce Pam, viendo que hablo en serio.


Una chica menuda, con una peluca a lo Cleopatra, trae nuestras bebidas nuevas.
Nos mira con picardía y asombro.
Yo no le parezco lo suficientemente rico para disponer de dos chicas de lujo, ni suficientemente guapo como para atraerlas.
Seguro que se pregunta qué es lo que pasa allí, pero se aleja con prudencia.


― Sergi… -- Maby me mira, haciendo un puchero.


― ¿Si, hermosa?

― Quiero ver esa polla… siento curiosidad.


― ¿Aquí? – me asombro.


― Nadie nos ve desde abajo y en el palco vecino, se están marchando.


Tenía razón.
El otro palco, situado a una decena de metros, se estaba quedando vacío.


― Vamos, hay que contentar a la chiquilla.
No seas malo – me pincha mi hermana, bajándome la bragueta.


Me encojo de hombros, mi gesto más característico, y la dejo hacer.
Tiene dificultad para sacar mi gruesa polla morcillona por la estrecha apertura de la bragueta.
Maby está expectante, con sus manos en mi muslo y sus ojos clavados en mi regazo.


― Diosss… -- susurra, impresionada, al verla salir.


― Aún crecerá más cuando se endurezca.
Trae tu mano, tócala – le dice mi hermana.
– Claro está que se toma su tiempo.
Para llenar todo esto de sangre…

― ¿No te volverá tonto si te quita la sangre de la cabeza? – se ríe Maby, al empuñar mi pene.


― A veces parezco un zombie.
Solo follo y babeo – sigo con la broma.


Es alucinante sentir las manos de mis dos chicas sobre mi polla.
Maby se encarga de mi glande, Pam, de mis testículos, tras desabrochar completamente el pantalón.


― Joder, Pam, cariño, ¿de verdad te metió todo esto? – pregunta Maby, algo incrédula.


― Solo la mitad y creí morirme.
No hay que ser demasiado golosa, al principio.


― ¿Me vas a follar bien esta noche, Sergi? ¿Vas a meter todo este rabo en mi tierno coñito? – me susurra Maby casi al oído.


― Si… si…

― ¿Y no lo sacaras hasta que te corras, aunque te suplique que me lo saques?

― Lo que quieras, Maby – me estaban haciendo una paja deliciosa entre las dos, alternando los movimientos de sus manos.


― Te ayudaré a metértela lo más adentro posible – Pam le introdujo dos dedos en la boca, llenos de líquido preseminal, que Maby trago con fruición.


― Entonces, yo te comeré el coñito mientras me la clava, cariño… ¡Joder! ¡Qué cachonda estoy, coño!

― Pues entonces, es el momento de chupar – le baja la cabeza Pam, de un tirón de pelos.


Mi polla tapa su boca, pero no consigue abarcarla.


― Espera, espera… déjame acostumbrarme, que esto es muy grande…

Se nota que es mucho más experimentada que mi hermana.
Maby ha debido chupar unas cuantas pollas.
Saca la lengua todo lo que puede, para dejar que mi glande se deslice por ella con suavidad.
Traga hasta que puedo tocar su garganta.
Su boca no da más de sí y siento sus dientes arañar el final del prepucio.
No importa, su aspiración casi me levanta del sofá.
¡Ostias con la niña! Intenta meter un pedazo más en la boca, pero las arcadas la superan, incluso cuando Pam empuja su nuca.


― No puede tragar más – le digo.
– No tiene más sitio, a no ser que descienda hasta su estómago.


― Aaaahhh… -- Maby toma aire, al sacársela de la boca.
– Demasiado grande para llegar más lejos.
¡Es inmensa!

― Tómatelo con calma, pequeña – la aconseja Pam, antes de besarla largamente.


― ¿A medias? – propone Maby, al separarse de los labios de Pam.


― A medias.


Ambas se recuestan en el mullido sillón, encogiendo sus piernas y apoyándose en sus flancos.
Se disputan mi polla como un juego.
Sus lenguas descienden, una y otra vez, por el tallo de mi pene, intentando hacerme chupones por ambos lados, pero está demasiado rígido como para acumular sangre.


Mientras están atareadas, distingo a nuestra camarera en la barra.
Le hago un gesto para traer más bebida.
Vacío nuestros vasos llenos, de uno en uno, en una gran maceta que tengo a la espalda.
La chica, tras unos minutos, sube las escaleras con tres copas en la bandeja.
Sus ojos se posan en lo que surge de mis pantalones, justo en el momento en que mis dos chicas babean sobre el descubierto glande.


La camarera se queda sin saber qué hacer.
No sabe si disponer las bebidas sobre la mesa, o bien retirarse para regresar después.
Maby abre los ojos y la ve.
Ni siquiera piensa en abandonar la mamada.
Agita una mano, como diciéndole que siga con lo suyo, y vuelve a meterse mi rabo en la boca, ansiosa.


Sonrío a la chica, mientas acaricio los cabellos de mis dos chicas.
Me encojo de hombros, como excusándome.
La camarera se queda mirando un rato la increíble mamada y se marcha, las mejillas encendidas.


Estás aprendiendo muy rápido.


Su tono demuestra satisfacción.


Hazlas felices.
Tócales los coños.


Desciendo mis manos, silueteando su cintura, la pronunciada cadera, los suaves muslos enfundados, hasta acceder, bajo sus nalgas, a sus ocultos tesoros.
Maby levanta rápidamente una pierna, para dejar que introduzca mis dedos bajo sus jeans cortados.
Maby, en cambio, suspira y empuja con sus nalgas.
¡Las guarras! ¡No llevan bragas!

Mis fuertes dedos agujerean los pantys con facilidad, pudiendo llegar con mis movedizos índices a donde pretendo.
Sus bocas empiezan a demostrar demasiada urgencia sobre mi polla.
Sus sexos están tan mojados que mis dedos patinan para profundizar.


Maby agita tanto sus caderas que creo que se va a caer del sofá.
La mano libre de Pam empuja mi mano más adentro.
Se corren casi simultáneamente, exhalando roncos gemidos sobre mi mojada polla.


Ya no aguanto más y se los hago saber.
De alguna parte de su torerita, Maby saca un paquete de pañuelos y prepara varios de ellos, abiertos a su lado.
Aplica sus labios sobre el prepucio y jala la polla con movimientos rápidos y fuertes.
Pam me aprieta el escroto y los cojones.
Con un rugido, descargo en la boca de Maby.
El fuerte chorro la toma por sorpresa y expulsa algo de semen por la nariz.
Tiene que retirarse para no toser, tragando a la desesperada.
Pam la releva en un segundo, lamiendo el que se derrama por el tallo de mi polla.
Pam lo deja todo limpio enseguida mientras la morenita se limpia con un pañuelo.


― ¡Coño, avisa! Puedes regar el jardín con lo que echas – me amonesta Maby.


― Lo siento, aún no controlo.
Es mi segunda mamada – me disculpo.


― Lo tuyo es de circo.
¡Total!

Pam se ríe.
Toma su bebida y le da un buen trago para enjuagarse la boca.
Maby levanta la suya.


― ¡Por la inmensa polla de mi novio! – brinda con una carcajada.


Miro el reloj.
Son las cinco de la mañana.
Hay que pensar en volver a casa.
Las chicas acaban sus copas y quieren la espuela.
Con un suspiro, llamo de nuevo a la camarera.
La chica se detiene un momento, al subir las escaleras, para comprobar que las chicas tienen las cabezas en alto y están hablando y riendo.


Deposita las bebidas en la mesa y carga los vasos vacíos.
Me mira por un instante, como queriendo retener mis rasgos.


― No te preocupes, monina.
Si eres buena, para Reyes, tendrás una como esta – le dice dulcemente Maby, aferrando el bulto de mi polla, ya enfundada en los pantalones.


Enrojece de nuevo y baja, quizás demasiado aprisa, las escaleras.
Puede que haya encontrado un nuevo motivo para que dos hembras devoradoras como mis chicas, estén con un tipo como yo.


Regresar a Fuente del Tejo resulta ser toda una epopeya.
Primero, al salir de La Pirámide, seguidos por algunos requiebros alcohólicos, no hay un puto taxi.
Las chicas no están muy en forma para andar hasta la camioneta.
Tenemos que esperar casi diez minutos hasta que llega uno.


Al arrancar la camioneta, obligo a las chicas a ponerse el cinturón.
Están realmente borrachas.
El subidón de alcohol les ha pegado fuerte al final.


No hay suerte.
A la salida de Salamanca, control de alcoholemia.
Dos Patrol de la Guardia Civil.
Lo clásico.


Buenas noches.
¿Le importa someterse a un control de alcoholemia? No, señor.
Sople, señor.
Las que están borrachas son ellas, ¿no las ve? He venido a recogerlas.


Nada, es como hablarle a un oso de peluche.
El compañero no deja de darle vueltas a la camioneta, como buscando algo que les permita empapelarme.


Las chicas, de repente, abren la puerta y saltan fuera, sin abrigos.
Necesitan orinar y quizás vomitar.
Uno de los guardias les indica unos arbustos, fuera de los focos de los dos coches, pero puedo ver como todos los agentes admiran esas largas piernas.
Yo sonrío, con las manos en el volante.
Me dan paso para irme cuando las chicas regresan, ateridas.


Al llegar a la granja, no me queda mas remedio que conducirlas a la habitación de mi hermana, intentando que guarden silencio, desnudarlas y acostarlas.
El polvo que pensaba echarles, queda para otra oportunidad.
Subo al desván y me acuesto.
El pacto que los tres hemos firmado esta noche no para de rondarme la cabeza.
Creo que es un gran paso responsable en nuestras vidas, aunque me da un poco de miedo.


Rasputín, como siempre, me tranquiliza, y, entonces me duermo.


CONTINUARÁ



 


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Commentarios

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores; y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales.
  • Posteado el
  • 12 de Feb de 2018 - 07:45 PM
no esta la primera parte
No encuentro el relato 4 primera parte :(
  • Posteado el
  • 08 de Ago de 2018 - 06:25 AM
Lo Mismo
Podrias inidicar donde esta la primera parte...? Se amable y responde por favor.

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