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El putito en la lluvia

Publicado por Anonimo el 20 de Oct, 2010

De lo bien que la pasé cierta tarde-noche con un delicioso mariquita
No podía quitar los ojos de aquel precioso culo, chiquito pero redondo, parado, apretado y muy bien marcado por el ajustado pantalón capri. Sus pies también eran bonitos, pequeños y calzados con ojotas, mientras que lucía la delgadez de su torso con una remera ceñida y corta, que dejaba al descubierto su ombligo. Cualquier chongo se hubiera delirado con aquel putito, que además era dueño de una cara hermosa que invitaba a elucubrar pensamientos calientes, con ojos grandes y oscuros coronados con largas pestañas, boca de labios carnosos y una piel que se adivinaba suave y carente de vellosidades.



Desde años había fantaseado con travestis y cross dressers, pero jamás me había sentido tan tentado de concretar algo como aquella lluviosa tarde de verano en la vereda techada de ese bar céntrico, en el cual me detuviera a comer un sándwich y a tomar un café, mientras meditaba qué haría durante el fin de semana, para terminar el lunes con los trámites que me había llevado a la capital.



La garúa de rato antes se había convertido en una lluvia constante que hizo llenar de gente las mesas, una de las cuales, a metros de la mía, ocuparon las dos chicas y el putito en cuestión. Se había sentado con las piernas cruzadas y con el trasero algo inclinado, por lo que me permitía apreciar su redondez, y en eso me había concentrado cuando sus ojos me descubrieron. Bebía un licuado con sorbete, y sin dejar de chupar me clavó la mirada. De inmediato me sentí en falta y sólo atiné a esbozarle una sonrisa, a lo que respondió con otra llena de picardía, para luego mencionar algo a sus compañeras alusivo a la conversación que venían manteniendo. Mi excitación era tan grande que llegué a pensar ir al baño para masturbarme, aunque decidí que buscaría alguna prostituta en el diario para contratar su trasero y en él hundir mi miembro hasta acabar, mientras pensaba en aquel delicioso mariquita.

Mis fantasías de levantármelo comenzaron a evaporarse cuando la lluvia menguó y le oí decir a una de las chicas que era buen momento para retirarse, pero un dejo de esperanza surgió cuando él respondió que se quedaría un rato más en el bar. Un par de minutos después estaba solo, enviando mensajes por su celular. Amparándome en mis anteojos oscuros, a pesar de que a esa hora ya no eran para nada necesarios, lo observé con más detalle y concluí en que cada vez me gustaba más. No tenía duda alguna de que sería fantástico estar abotonado a ese trolito.



- ¿Me convidás con fuego? –me dijo de repente, arrancándome de mis pensamientos.

- Claro –contesté de inmediato.

Al notar que no se ponía de pie lo hice yo, salvando en un par de pasos la distancia y poniendo frente a su cara el mechero encendido. La actitud había sido propia de una dama que espera la respuesta de un caballero, por lo que deduje que se trataba de una señal. Sus delgadas y frías manitos tomaron suavemente las mías mientras la punta de un Virginia Slim Light era sometida a la llama. Tras dar una pitada me miró profundamente.

- Muchas gracias –dijo.

- No tenés por qué .agregué, regresando a mi mesa.

- ¿También te sorprendió la lluvia?

Aquello me gustó, era el comienzo de una charla y el clima siempre es un buen punto de partida.

- No, sólo descansando un rato. ¿A vos sí?

- Sí, cuando salí de casa no pensé que llovería. Y ya se ha puesto frío –comentó, sobándose los bíceps.

- Tomá, te la presto –dije de inmediato, extendiéndole la campera de verano que descansaba en la silla junto a mí.

El chico sonrió, luego se puso de pie y trayendo consigo su licuado se sentó frente a mí, colocándose el abrigo sobre los hombros.

- Gracias, sos muy gentil.

- Vos también parecés serlo.

- ¿De dónde sos? Tu acento no es de la capital.

- De San Luis, estoy pasando unos días por trámites de la empresa donde trabajo.

- ¿Venís siempre?

- Eventualmente.

- ¿Y cómo te ha ido?

- Bastante bien, aunque aún no terminé. Creo que el lunes o martes ya podré regresar.

- ¡Ah! Te quedás el fin de semana, ¿estás en hotel?

- No, en un departamento de la empresa, en Barrio Norte.

- Estás cerca, menos mal. Yo debo ir hasta Constitución, y lo malo de días así es que no se consiguen taxis, por temor a que granice.

- No va a granizar, habría más truenos.

- ¿Ah sí?

- Es lo que dicen los viejos.

- Pero vos no sos viejo, ¿cuántos tenés?

- Treinta y nueve, pero no me refería a mí.

Ambos reímos, y cuando él lo hizo no pude dejar de notar que su boca era realmente hermosa.

- ¿Y vos cuántos tenés?

- Dicecinueve, me llamo Pupi, ¿y vos?

- Santiago –respondí, extendiéndole la mano, que él aceptó. Sos ojos se concentraron en mis dedos, largos y gruesos, nervudos, que fácilmente envolvieron los suyos, delgados y delicados. Todo él era así, casi frágil. Yo era todo lo contrario, grande, robusto, velludo. El contraste de nuestras humanidades estaba muy definido. Lo masculino y lo femenino compartían esa mesa.

- ¿Tenés frío aún?

- No mucho –respondió-, un poco en los pies, pero ahora tendré más ya que me voy; veré de conseguir un taxi.

- Si no tenés inconveniente te llevo.

- ¿Estás en coche?

- Lo tengo en la esquina.

- Pero voy a Constitución.

- No es tan lejos, además ya no tengo nada que hacer.

- Sí que sos amable, ¿eh?

- ¿Por qué no habría de serlo?

Llamé a la mesera y al ver que él sacaba su billetera le pedí a la chica que me cobrara todo, lo mío y lo de la mesa de Pupi. Él se quejó, pero insistí y le di un billete grande, solicitando que guardara el cambio. La chica agradeció y sonriendo se marchó. Me dio morbo la idea de que la mesera pensara que acababa de hacerme un levante.



Caminamos rápido pues la lluvia había vuelto a caer con fuerza. Durante la media cuadra que nos separaba hasta el auto no paró de agradecer mi gentileza, mientras yo seguía estudiándolo. Era bajito, poco más del metro sesenta, por lo que yo le llevaba más de una cabeza, y era endiabladamente afeminado en cada uno de sus movimientos.

Ya en el coche me tomé mi tiempo para encender las luces de posición, también la radio en una estación de música romántica, y luego inicié la marcha. Pupi elogió mi auto, del que hablamos los primeros minutos, para luego derivar en otros temas banales mientras me indicaba por dónde ir. Rato más tarde estacionaba frente a un edificio grisáceo.



- Aquí vivo.

- ¿Con tus padres?

- No, con mi hermana. Somos de Lanús pero estudiamos aquí.

- Bueno, ha sido un gusto conocerte, Pupi.

- Ay, para mí también, sos re atento. ¿Qué vas a hacer ahora?

- Creo que iré al departamento y me haré algo de comer, ya veré.

- ¿No querés subir un rato?

- Te agradezco, pero no quiero molestar.

- No es molestia, te invito otro café, lo hago muy rico.

- Pero ha de estar tu hermana y puede que…

- Esperá.

Pupi buscó en la lista de contactos de su celular y efectuó una llamada.

- Hola, Naty, ¿estás en casa? ¡Ah! ¿Vas a volver más tarde? Ok, hasta mañana entonces.

Cuando oí aquello último supe que estaba ante una tremenda posibilidad de pasar de la fantasía a la realidad, pues me hallaba con un putito que me invitaba a su casa, en la cual no habría más nadie que nosotros dos hasta el día siguiente.

- ¿Qué decís, te bajás un rato?

En su pregunta el tono resultó muy sugestivo, al igual que su mirada, que de mis ojos bajó sutilmente a mi entrepierna para luego volver a mi mirada.

- ¿Es seguro dejar el coche aquí?

- Podés dejarlo en la cochera que está a media cuadra. Está abierta las 24 horas.

- Voy a guardarlo mientras preparás el café. Estoy en el 15-C.



El trámite de dejar el auto en la cochera y regresar hasta el edificio no demandó más de 5 minutos, pero me pareció más tiempo pues los pensamientos me asaltaron de mil modos. Pensé si era buena idea aquella, también en que lo mejor sería regresar al coche y desaparecer, quizá avisarle por el portero eléctrico que me había surgido algo y frustrar así aquello. Pero al mismo tiempo sabía que si no enfrentaba mis morbos jamás me desprendería de ellos y me quedaría con la duda de si realmente quería o no descubrir si lo que tanto me excitaba sólo era una mera idea. Al pasar frente a un kiosco compré un atado de mis cigarrillos, uno de los que fumaba pupi, un paquete de pastillas de mentol, del cual de inmediato retiré una para comerla, y también dos paquetes de profilácticos. Al menos debía estar preparado.

Poco después el ascensor me llevaba al piso 15, abriéndose ante un pasillo angosto y mal iluminado. Aún así no tardé nada en encontrar el departamento C.



- ¡Hola! –me saludó al abrirme, como si hubiera pasado más tiempo-. Pensé que te habías arrepentido.

- ¿Ah sí? ¿Por qué habría de hacerlo?

- No sé, quizá tenés algo mejor para hacer.

Pupi se había descalzado y se dirigía a la cocina, donde el agua de la pava estaba soltando su primer vapor.

- Sos una compañía muy agradable, no tengo nada mejor que hacer. Hay un restorán en la esquina.

- Sí, y es carísimo.

- Me gustan los lugares así, ya que no voy siempre, si vos no tenés planes para más tarde te invito a cenar.

- ¿Es una cita? –bromeó, con picardía.

- Puede ser –agregué en el mismo tono.

- No podría despreciar una invitación así, Santiago, aunque me gustaría más prepararte yo la cena, tengo la heladera llena y soy un excelente chef.

- ¿O sea que no tenés planes?

- No, hoy estoy solito y sin nada para hacer.

- ¿No tenés novia?

Pupi soltó una carcajada que terminó siendo contagiosa. Aún riéndose llegó hasta la mesa baja del living, frente a la cual me había sentado, y dejó una taza con café humeante. Él bebió un sorbo de la suya. Por entre el vapor vi sus ojos mirándome de modo extraño. Al dejar la taza sobre la mesa se recostó en su sillón y me sonrió.

- No, no tengo novia, ¿y vos, sos casado o qué?

- Soy “o qué” –bromee, haciéndolo reír-. No tengo novia, ni esposa ni quiero. Me gusta ser libre pues así soy dueño de todo mi tiempo y mis decisiones.

- Pero tendrás muchas amigas, ¿no?

- Algunas, me gusta pasarla bien.

- ¿Puedo preguntarte algo?

- Lo que quieras.

- ¿Por qué has sido tan amable conmigo?

- Porque sos una persona muy agradable.

- ¿Aún siendo lo que soy?

- Quizá también por eso he sido amable.

- ¿Ah sí?

- Ajá –contesté, mirándolo a los ojos mientras bebía café.

- ¿Y alguna vez…?

- ¿Si alguna vez estuve con alguien como vos?

- Ajá.

Tras pensar algunos segundos mi respuesta, me puse de pie.

- Vení, por favor –le pedí, ante lo cual obedeció y se paró frente a mí; yo me acerqué hasta que mi cara estuvo a centímetros de la suya.

- No –susurré-, jamás estuve con un chico como vos –lentamente caminé hasta ubicarme a su espalda, y aproximé mi boca a su oreja, sin tocarlo– pero quiero confesarte que siempre me parecieron excitantes y más de una vez me pregunté si sería lindo o no… ya sabés… pero al verte hoy…



Entonces lo abracé lentamente por detrás, dejándose él abracar por mis brazos, y sacudiéndose un poco al sentir mi bulto crecido apoyarse contra su trasero.

- … al verte hoy –continué surrurándole- sólo deseaba poder estar a solas con vos.

- ¿Por qué? –musitó, haciendo su cola un poco para atrás.

- Porque sos un putito precioso.

- ¿Soy un putito precioso? –dijo en un suspiro que delató su excitación.

- Sí, Pupi, sos un mariquita divino, exquisito y confieso que no podía dejar de imaginarme llevándote a la cama.

- Ay… ¿para qué?

- Para culearte, mi amor, para adueñarme de vos.



Pupi se dio vuelta de inmediato y me abrazó. Sus ojos me miraron con un brillo tal que pensé que alguna lámpara se reflejaba en ellos, pero no, era su líbido. Así se quedó, respirando entrecortadamente y aguardando que yo diera el próximo paso. No me hice esperar, mis labios buscaron los suyos con pasión y de inmediato comenzamos a comernos las bocas, a entrelazarnos las lenguas, a apretarnos con fuerza, con desesperación. De un empujón me hizo caer sobre el sillón donde momentos atrás había estado él sentado, y de inmediato se abalanzó para profanar mi bragueta, tras lo cual, y con mi ayuda, me bajó el pantalón y los boxers hasta los tobillos. Mi pija estaba durísima y la cabeza mojada. Obnubilado, el trolito la agarró por la base, apretándola con la fuerza necesaria para que no me doliera pero sí para que se endureciera aún más, y así comenzó a masturbarme.



- No sabés lo contento que estoy -me dijo, mirando la hinchada cabezota rosada-, nada me gusta más que ser el putito de un macho como vos.

Acto seguido ensalivó mi pija con pequeñas escupidas, que luego fue extendiendo por todo el miembro con su lengua. Besó mi glande, mis testículos, urgó con su lengua en los pliegues de mi prepucio, y luego se metió la cabeza para regalarme intensas chupaditas, como si de un helado se tratara, para finalmente metérsela toda, entera, haciendo arcadas de ahogo. Aquello me calentó tanto, pero tanto, que lo tomé la cabeza y empujé, y Pupi chupó, succionó con ganas. El trolito parecía haber caído en un profundo trance en el que desesperadamente ordeñaba mi verga, hasta darse cuenta de que estaba pronto a acabar. Se puso entonces un poco de costado, interpretando de inmediato sus deseos. Comencé a bombear con el máximo cuidado posible, cogiéndole la boca, hasta que una sacudida agitó mi cuerpo y pude sentir que mi pija escupía abundantes chorros de leche. Pupi siguió succionando y pude apreciar por el movimiento de su garganta que estaba tragándose toda mi esperma.



Aquella escena que veía y vivía en carne propia fue tan intensa que no sé si fue mi imaginación o realmente sucedió, pero en ese instante hubiese jurado haber tenido un orgasmo consecutivo sobre el otro. Seguramente fue sólo una sensación, conforme lo creo ahora, pero parecía que un depósito desconocido de semen se había roto, pues fue tal la cantidad que le descargué al trolito, que éste luego me lo haría notar con asombro.

No sé si tuve orgasmos mejores que aquel, lo cierto es que fue diferente, muy diferente, la naturaleza del propio acto lo era, pues se trataba de la primera vez que me aventuraba en algo sexual con alguien de mi mismo sexo, pero cuando lo rememoro no puedo negar que fue fabuloso



Había quedado extasiado, como en una nube, tirado en el sillón con la ropa en los tobillos y la pija aún hinchada y latiendo. Recostado a mi lado, Pupi parecía en un estado similar, relamiéndose mientras ronroneaba como un gatito.

- ¿Te ha gustado? –quiso saber al cabo de varios segundos de silencio.

- Me ha fascinado –afirmé-, fue la mejor chpada que me han hecho.

- Estaba muy cargado, pensé que nunca dejarías de acabar, tu leche está riquísima. Me la tragué toda. Me gustaría hacerte acabar muchas veces y guardar tu leche en una botella, para calentarla en el microondas y tomar un trago todos los días. Tenés una garcha alucinante. Ahora Pupi le va a preparar una rica cena a su macho. ¿Tenés hambre?

Apoyándome en mis hombros me incorporé para mirarlo entre divertido y caliente.

- Tengo hambre de comerme tu culo –le dije, él rió-. De verdad te digo, desde que te vi no puedo dejar de pensar en lo rico que debés tener el traste.

- ¿Me lo querés besar? –preguntó, algo sorprendido y entusiasmado.

- Te lo quiero comer, te lo quiero chupar. ¿Me dejás?

- ¿Aquí?

- Mostrame tu dormitorio.



Me quité los zapatos, los pantalones y el boxer, llevando todo cuando lo seguí por un pasillo, hasta llegar a la habitación. Había dos camas de una plaza, una de las cuales sin lugar a dudas sería de la hermana. El departamento era pequeño y propio de estudiantes, recién entonces me estaba percatando de ello, algo que la calentura no me había permitido ver antes. Cuando comencé a quitarme la camisa, el putito hizo lo propio con sus pantalones capri y con su remerita, quedando tan sólo con una tanga. Me maravilló su cuerpo delgado, desprovisto de vello alguno, apenas si se le notaba un poco en los brazos, pero los había decolorado. Era mucho más femenino que varias de las mujeres con las que me había acostado.

- ¿Querés que peguemos las dos camas? –me sugirió, pero aquel detalle no me importaba en lo más mínimo.



Lo abracé con fuerza y volví a comerle la boca. Nuestras lenguas se entrelazaron otra vez y sus manitos comenzaron a acariciarme la espalda mientras yo le manoseaba las nalgas, me encantaba su culo chiquito pero redondo y durito. Mi verga no se había bajado del todo y ya daba indicios de querer seguir.



- Mostrame tu hueco –ordené más que pedí.

Pupi se subió a la cama y se puso en cuatro, apoyando la cabeza sobre una almohada. Yo le bajé la tanga hasta la mitad de los muslos y él se abrió los glúteos. Entonces vi un ano rosadito y pequeño.

- Soy estrechito, ¿viste? Me vas a tener que poner crema, en la mesa de luz hay vaselina.

Saqué el pote de vaselina y le quité la tapa, pero luego me arrodillé sobre una almohada que coloqué en el suelo, y me acomodé para actuar mejor. Junté saliva y escupí un par de veces, dando siempre en su argollita, lo que le causó placer, a juzgar por los suspiros que oí. Luego pasé la lengua a lo largo de toda la raya, y después con la yema de mi pulgar me dediqué algunos minutos a masajearle la argollita, que resultó ser tan suave y caliente como la había imaginado.



- Tenés un orto tan espectacular que me pasaría horas jugando con él.

- Te dejo jugar, Santiago, hoy es todo tuyo.

- Y presiento que no será la única vez que te lo pida.

- Pedímelo todas las veces que quieras, de verdad… me encanta entregarme a un macho como vos.

Pude notar que Pupi estaba de verdad caliente, pues su pequeño pene, que parecía mi dedo índice, estaba muy erecto y él ya había comenzado a manoseárselo.

- Pajeate, bebé –le pedí-, pajeate mientras saboreo esta preciosura.

Mi boca ya hacía agua y no quería hacerla esperar más. Abrazándome a sus piernas apreté la cara contra sus nalgas y mi boca encontró de inmediato su hoyo, que comencé a chupar con ganas. Mi pija, que no se había terminado de bajar, se puso nuevamente dura apenas comencé a saborear ese hueco, que literalmente me comí, como había hecho con la boca del trolito. Succioné con tal fuerza que Pupi se quejó.

- ¡Ay, hijo de puta, me vas a sacar caquita! –exclamó, al tiempo que se sacudía más la pija,



De repente me sentí poseído y seguí chupando aquel sabrosísimo culo con desesperación. El mariconcito gemía de gusto y liberó un gritito de placer al sentir mi lengua metiéndose tan adentro como pudo, baboseándole gran parte del recto. Por un instante pensé que de verdad sentiría el sabor de su caca, pero era evidente que mientras yo había estado guardando el coche, él se había lavado profundamente. Lo imaginé sentado en el bidet, metiéndose los dedos enjabonados para limpiar su conducto.

- ¡Qué rico ojete, bebito! –exclamé, apartándome un instante- ¡Está más rico que una concha adolescente!

- Es mi conchita, papi, ahí quiero que guardés tu pito.

Y volví a chupárselo y a cogérselo con la lengua, cada vez con más ansiedad. Pupi se masturbaba como un poseso y yo también había comenzado a manosearme la chota, que estaba tan dura como un hierro y caliente como una brasa. Sin dejar de comerle el agujero estiré la mano hasta la mesa de luz, donde había dejado el paquete con condones, y sin mirar me las ingenié para abrir uno de los sobres y comenzar a cubrirme la pija con el látex aceitado. Cuando estuve listo me separé unos centímetros y vi el panorama que me ofrecía aquel precioso trasero lampiño, chiquito, redondo, durito, y el agujerito cerrado del que salía mi baba, cayendo por sus piernas. Sí que lo había ensalivado bien.



Para mayor comodidad lo hice bajar de la cama y arrodillarse en la almohada en la que había estado yo. Pupi echó su pecho sobre el colchón y levantó las nalgas tanto como pudo. Yo posé una de mis rodillas en un sobrante de la almohada y apoyé el pie de la otra pierna en el suelo. Ya listo, apoyé la punta de la verga en el hueco.

- ¿No me ponés cremita? Soy estrecho, no me va a…

No le dejé terminar, de un empujón logré encajarle media cabeza, estirándole la argolla . Pupi gritó de dolor, por lo que me detuve, aunque sin sacarla.

- ¿Te duele?

- Sí, qué hijo de puta que sos, la tenés muy ancha, me vas a romper el culo.

- Pero bien que te seguís pajeando, ¿no? Señal que te gusta.

Y empujé más hasta que vi la cabeza de la chota desaparecer en su upite. Pupi gritó y se sacudió, entonces lo abracé fuerte y comencé a besarle el cuello y la nuca. Luego le pasé la lengua por la oreja.

- Qué rico puto que sos, Pupi –susurré con una gravedad en la voz que delataba mi creciente calentura.

- Y vos que rico macho, mi macho, me estás abriendo el orto, me lo vas a dejar como una olla.

- Quiero que tome la forma de mi pija, para que siempre que otro te la ponga terminés pensando en mí.



Y empujaba otro poco, taponándole cada vez más el recto con mi miembro. Apenas le había encajado la mitad y pensé que no podía avanzar más, pero me esforzaba un poco y paulatinamente su culo iba engullendo más centímetros. Me sentí tentado de enterrársela de una sola embestida, pero supe que le haría doler y podría arruinar el momento, por lo que opté por seguir así, lentamente, aunque con el propósito de entrarle hasta que mis huevos peludos se aplastaran contra sus glúteos.

Y así fue, tras un buen rato, en el que tuve que concentrarme varias veces para no acabar, sentí que mis bolas se pegaban a su piel.

- Me quedaría a vivir adentro tuyo, mariconcito… que maravilla de hueco… jamás sentí tanto placer…

- ¿De verdad me lo decís?

- Claro que te lo digo de verdad, estoy disfrutando muchísimo más de lo que pensé, pero me encanta haber esperado hasta encontrarte, porque sos la marica más rica del mundo.



No sé si aquellas palabras eran cien por ciento verdad, pero en ese momento y en el fragor de semejante calentura lo sentía. Pupi se segía pajeando y yo ya lo estaba bombeando. Mi verga se movía como un émbolo en una camisa, y en cada avance parecía que mi verga crecía más y más. En uno de los momentos que me quedaba quieto para evitar que la pasión me ganara y eyaculara, noté la cómoda que había contra una pared y que estaba coronada por un espejo grande.

- Vení –le ordené, poniéndome de pie y obligándolo a imitarme, para que no nos desabotonáramos.

Fue fabulosa la sensación de hacerlo caminar conmigo adentro, pues sentí que su culo se fruncía y me apretaba la poronga. A él también pareció gustarle, ya que sus gemidos me lo indicaron. Así llegamos hasta la cómoda, donde lo enfrenté con el espejo.

- Mirá que precioso putito que sos, sos un trolo espectacular, Pupi, es riquísimo culearte.

- Sos un hijo de puta, Santiago, jamás me cogieron tan bien como vos.

- Mirate, bebé, mirate la carita… carita de mariquita caliente… mirate lo bonita que te ponés mientras me tenés adentro, mi amor… mi ricura… mi putoncito hermoso.



Y retomé el bombeo, agarrándolo de la cintura y sacudiéndolo. Pupi ya se pajeaba desesperado, y al sentirlo temblar supe que estaba por acabar. Un par de segundos después su pito empezó a escupir leche, que cayó sobre la cómoda y parte del espejo.

- ¿Me aguantás un poco más? Quiero seguir adentro tuyo otro rato.

- Sí… hacé lo que quieras… dijo desfallecido… en este momento podrías matarme y no haría nada… soy tuyo, Santiago… soy tu puto y podés hacerme lo que quieras…

De pronto se me ocurrió y a pesar de temer proponérselo, la calentura me hizo hablar.

- ¿Me dejás que te acabe adentro del orto?

- ¿Te animás? -respondió- Yo estoy sanito porque siempre me dejo con forro, pero juro que me podés hacer lo que se te dé la gana.



No necesitaba más. Se la saqué y me quité el condón. Luego lo besé con mucha pasión en la boca y lo llevé hasta la cama, donde lo hice acostar boca arriba. Tras arrodillarme en el colchón tomé sus piernas y me las coloqué en los hombros, para luego ubicar mi chota en su hueco, que estaba tan lubricado que en esa ocasión pude hundírsela más pronto, tal es así que en un segundo ya le estaba hurgando el fondo del upite.

- ¡Ahhh! –exclamé- ¡Qué bien se siente culearte a pelo, pendejo! ¡Así te saboreo más!

- ¡Regame las entrañas de leche, alzado, largámela toda… aflojame la caca con tu guasca!

- Ya me estoy manchando la pija con tu caquita, putoncito… ¡qué rico es culearte!



Y ahí fue cuando me volví loco. Lo cabalgué de tal manera que la cama comenzó a crujir y el putito a aullar y hasta llorar de placer. Estaba cogiendo a mi primer puto y lo estaba gozando como un endemoniado. Nada me importaba en el mundo, nada, sólo disfrutaba ese momento lleno de lujuria total, con las bolas duras y la pija hinchada y algo adolorida por las varias veces que demoré la eyaculación, hasta que ya no pude más y entonces me hundí tanto como pude, me incliné hasta que pude pegar mi boca a la suya y lo besé como si quisiera arrancarle el alma. Entonces experimenté la explosión. Nuevamente sufrí una violenta acabada que no parecía tener fin. La leche me salía como si estuviera orinando tras beberme varias cervezas, y el putito me lo hacía notar con sus gemidos y abrazándome con ardor.

Aún me saltaban chorritos cuando ambos nos relajamos, menguando el fragor de nuestros besos, que se tornaron más tiernos. Varios minutos pasaron hasta que caí en la cuenta de lo incómoda de la pose en que lo estaba sometiendo a Pupi, entonces con cuidado le fui sacando la garcha.



- Casi me hacés salir leche por las orejas –dijo, con los ojitos cerrados y sonriendo.

- Mostrame como la expulsás –pedí, mientras colocaba bajo su cola Un bollo de papel higiénico que rápidamente traje del baño.

- Sos un chancho hermoso –me dijo, levantando las piernas.

Me encantó ver su culito enrojecido latiendo. De repente escuché un pedito y un borbotón blanquecino afloró del hueco, luego un pedito más prolongado acompañó la salida de otro poco de esperma, y hubo un tercero y hasta un cuarto.



- Aún siento que tengo más –dijo-… creo que te dejé sin leche durante un buen rato.

- Mirá, no es para mandarme la parte, pero si descanso un rato y querés, podemos seguir.

- Me hiciste mierda, Santiago –exclamó algo sorprendido-, te juro que me duele el orto y sé que mañana no me voy a poder sentar.

- Pero te gustó, ¿verdad?

- Me encantó –dijo, besándome en la boca con mucha dulzura-. Vení ahora al baño, que te lavo la pija y cago la lechosa que me mandaste. Siento como que tengo diarrea.

Eran las once de la noche cuando el putito me llamó a cenar. Al llegar al comedor (que a la vez era living, sala de estar y cocina), lo encontré calzando una chinelas de taco alto que eran de su hermana, y un delantal que le dejaba al descubierto la espalda y su maravilloso trasero. Supe al verlo cuál era el postre que querría.

Comimos a la luz de las velas un apetitoso omelette que acompañamos con vino tinto y una charla variada que en más de una ocasión se centró en lo genial que la habíamos pasado.

La hermana de Pupi tenía previsto regresar a las once de la mañana del día siguiente, por lo que pasadas las nueve y tras beber un rico café, salí del edificio deseando ir a mi departamento para descansar unas horas, ya que el resto de aquella noche y la madrugada no dormí ni un minuto. Había pasado la mayor parte del tiempo abotonado a mi trolito. Mi pija estaba realmente adolorida, pues la había exigido más que nunca, al punto tal de que perdí la cuenta de cuántas veces le acabé adentro del orto a Pupi, quien al despedirme en el pasillo me dijo que iba a retener mi leche tanto como pudiera.

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Commentarios

  • Posteado el
  • 20 de Oct de 2010 - 01:59 AM
Re: El putito en la lluvia
Wow !!!!!!!! Me encantó.
  • Posteado el
  • 20 de Oct de 2010 - 08:31 AM
Re: El putito en la lluvia
En verdad... Sin palabras!!!<br />
Tu narrativa, MUY buena, y la secuencia del relato, genial!!!<br />
Si pudiese darle más d 5, se los dará todos!!!!
  • Posteado el
  • 20 de Oct de 2010 - 05:30 PM
mmmmmmmmm
Yo si no fuese chica, quisiera ser gay o bisexual...<br />
me encantan los gay y los bisexuales y a mas de uno quisiera yo<br />
poseer y desvirgarles el culito.<br />
<br />
Soy muy hermosos,delicados e incluso mas sensuales y femeninos<br />
que una mujer !<br />
yo no envido a las chicas,conozco pocas tan putas y tan lindas como yo (me amo)<br />
pero...si envidio a los gay he visto a varios que solo porque tienen pene...pero si no lo tuviesen serian mas putas y mas hembras que yo.
  • Posteado el
  • 21 de Oct de 2010 - 06:22 AM
Re: El putito en la lluvia
Muy bien logrado el relato, da la sensación que el lector es el actor principal de la historia; romantico, sensual y sobretodo exitante. Y si tanto te hizo gozar te recomiendo que lo busques para que sea solo para tí, porque pocas veces se presenta más de una estas oportunidades.<br />
Felicidades.

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