Era una calurosa tarde de julio. Mi mujer estaba cuidando y arreglando su pequeño jardín.
Llevaba puesto un pantalón corto y una camiseta de tirantes.
En uno de los edificios cuya parte trasera da a nuestro jardin, concretamente en el primero, vivian cuatro jóvenes de edades entre 22 y 28 años.
La noche no empezó bien. Una aburrida cena con antiguos compañeros de facultad. Densas conversaciones sobre el precio de los pisos y las dificultades para aparcar en Madrid. Lo de siempre; nada de magia; nada de puesta en escena… nada divertido. Lo cierto es que el aburrimiento de ese encuentro chocaba con las ganas de lo que esperaba después.